Por: Hna. Isabel López, arcj     
20/01/2020     




Como religiosa deseo dar un “Si” para siempre, que perdure toda la vida, de una vez por todas, hasta el encuentro definitivo con Jesús en el cielo. Éste buen deseo, el Dios Misericordioso lo coloca y profundiza en mi corazón y en el tuyo para que logremos obedecer con total y plena libertad.

La Agustina Recoleta del Corazón de Jesús, profesa con estas enfáticas palabras “…estoy dispuesta a servir sólo a Dios”... (Const. Cap. II, 11) en nuestras Constituciones, en la vida de la Iglesia e incluso en la intención de consagrada está un deseo intrínseco: Dar por completo amor y rectitud a mi amado esposo; demostrado en cada momento con el voto de obediencia, colocando en sus manos la voluntad con la cual hago y decreto confianza en los designios de Dios para construir su Reino en la Consagración, Congregación y en el mundo terrenal amado por el Creador.

Sin embargo, la naturaleza está herida de muerte por el pecado original, manifestado en la fragilidad humana, en nuestros pecados e incluso en la historia y rebeldía que florecen en ciertas etapas de la vivencia como consagrada. Los afectos a veces traicionan; en oportunidades emergen deseos de contemplar lo que dejamos, de poseer, sentir seguridad e incluso tener poder “cargos, amistades personales, teléfonos, tener algunos apegos materiales, entre otros”. Caminamos, durante la formación en medio de un proceso de sanación, de conocimiento y descubrimiento personal y de redención de nuestras heridas, a fin de fomentar el crecimiento personal, espiritual y comunitario. Es tiempo de fortalecer nuestra consciencia, voluntad, el deseo de amar y ser toda de Jesús hasta la eternidad, en relación esponsal. La oración diaria y la contemplación de todo el entorno inmerso en el designio de Dios, fortalece nuestra entrega, a imitación de nuestros santos fundadores.

El esfuerzo es corresponder la naturaleza con la gracia de Dios, la cual no falla nunca, según San Pablo: Por medio de ella se quiere ser fiel. El consagrado quiere ser sincero y honesto para dar un “Si” definitivo, eterno que lo espose con mi Señor Jesús; pero hay que estar consciente y en vigilancia con la naturaleza débil, tendente al pecado, a su vez, quitarle fuerza a la concupiscencia que a veces quiere dominar toda la humanidad.

Es deber cooperar con la gracia de Dios, dejando que la naturaleza humana permita llevarla siempre conmigo; como dice San Juan Bautista “que disminuya yo para que sea Cristo que Reine en mí” (Jn. 3,30); acompañar en todo momento a la gracia tal y como lo hizo San Agustín: renovando la relación con el dador de la vida, a través de una primera profesión y de allí vigorizar la generosa entrega y el amor único hasta los solemnes votos perpetuos.

Para ser fiel debo estar cerca del que inició la vocación, la consagración, es decir Dios… Él tiene que ser el centro de mi vida. Debo cuidar, fomentar y fortificar mi relación, a través de la oración, por ser mi único amor y así tener la fuerza para responderle SIEMPRE afirma y prontamente, ademáscon inmensa alegría para la entrega total y eterna de todo mi ser.

Que la gracia actuante, eficaz, transformante, desbordante y milagrosa de Jesús nos mueva para lograr responder, como la Virgen María: con tenacidad, firmeza y prontitud... Con un "SI" hasta la patria celestial.



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