"Veremos, y yo desde el cielo, florecer nuestra humilde Congregación y llenos los puestos vacíos" M.M.

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Ensayo de la Hna. Dilia Barrios Marcano, arcj


En esta página quiero dejar constancia de que un ENSAYO SOBRE EL CARISMA Y LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRA MADRE MARÍA, surgió de una sugerencia de la Madre Ligia Díaz Reques, superiora general, para ser presentado en el VIII Capítulo General realizado en la ciudad de Los Teques en 1996. Por razones de tiempo y de salud, sólo consistió en un folleto de cuarenta y nueve páginas. El tema suscitó interés y el Capítulo determinó se procediera a un estudio más profundo del mismo, efectuado por "especialistas". En ello insistió el asesor del Capítulo, Padre David Hernández, para entonces Vicario General de la Orden Recoleta.
El gobierno general de la Congregación solicitó la colaboración de un doctor en Espiritualidad, cuyas múltiples ocupaciones pastorales no le permitieron dedicarse al estudio citado. Se efectuaron otros intentos al respecto sin resultados positivos, razón por la cual y en vista de que transcurría el tiempo, la nueva superiora general Ana Graciela Morillo González, en 1998 me animó a dedicarme al estudio del tema, sin los expertos, naturalmente.

Con plena conciencia de mis limitaciones y confiada en la ayuda de Dios, he obedecido. Para su elaboración procedí de la siguiente manera:

* Retomé el estudio presentado en el Capítulo General de 1996 y la SÍNTESIS ESQUEMÁTICA de sus escritos, que conservaba inédita.

* Me dediqué nuevamente a la revisión de los escritos espirituales de nuestra Madre María, seleccionando textos y agrupando materias.

* Revisé cuatrocientas cincuenta cartas de nuestra Madre, extractando los textos más importantes y agrupando por temas.

* Traduje del italiano y seleccioné párrafos principales del documento Relatio et Vota, de los teólogos de Roma en el congreso sobre virtudes.

* Ordené las facetas que por sí mismas se destacaron en el estudio, tratando de lograr una articulación sólida y bien fundamentada.

* En diez capítulos desarrollé los temas, con párrafos textuales de nuestra Madre, avalados con doctrina bíblica y opiniones de los teólogos de Roma (proceso).

* A fin de apreciar los temas de lectura y meditación de nuestra beata, seleccioné e identifiqué (en elenco) sus libros de espiritualidad que se conservaban en la biblioteca general en su oficina, y con ellos organicé aparte su biblioteca en el museo del Hogar Inmaculada Concepción en Maracay.

Puede concluirse que el estudio presentado es fruto, no sólo de investigación, análisis y consulta, sino, de muchas horas de oración, meditación y reflexión en la presencia de Dios, así como de invocación a nuestra beata para que ella misma condujera y orientara mis esfuerzos.

Debo advertir además que la materia está circunscrita a la trayectoria espiritual de nuestra Madre María de San José, y corresponde a lo que debería ser mi aporte personal en la tarea encomendada a una presunta comisión que no llegó a funcionar. Durante más de dos años trabajé con la mayor dedicación y esmero, según mis modestas posibilidades en un campo antes no incursionado. Espero y ruego a Dios pueda servir de utilidad, al menos como elemento básico en ulterior estudio de especialistas, según el deseo original.

La autora

La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, es rica en santidad por el mismo Señor, "de cuya plenitud todos recibimos" (Jn 1,16), en virtud de la fuerza fecundizante del Espíritu.

Dios, infinitamente santo, quiere que seamos santos en su Hijo Jesús, el Predilecto. En la unión con él, en la configuración personal con Cristo, está la santidad cristiana, común a todos los fieles, cuyas fuentes son la Trinidad Santísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia, la Virgen María, la liturgia o culto; y sus medios son la oración, la liturgia, la abnegación y el ejercicio de las virtudes bajo el imperio de la caridad.

La extensa gama de formas de vivir el Evangelio y configurarse con Cristo origina las diversas modalidades de santidad, y por consiguiente de espiritualidades, según se viva de modo eminente una faceta de la vida de Cristo.

Se distinguen espiritualidades de:

a. Época: primitiva, patrística, medieval.

b. Estados de vida: contemplativa, misionera, asistencial.

c. Escuela: benedictina, agustiniana, franciscana.

En el origen de los diversos institutos religiosos juega un papel muy importante, decisivo e insustituible, la experiencia religiosa del fundador o fundadora, quien ha sido impulsado por la acción del Espíritu a vivir todo el Evangelio desde la perspectiva unitaria del propio don o carisma, es decir, de una manera original.

Se trata de un camino muy concreto y propio por el cual ir hacia a Dios con mayor facilidad, seguridad y rapidez, que propicia al mismo tiempo, la compañía de otros hermanos llamados por Dios a santificarse en este espíritu o camino.

El carisma - espíritu, se traduce en "espiritualidad" propiamente tal, cuando desemboca en una teología meditada y vivida hasta el punto de crear un ESTILO de vida.

La espiritualidad supone la presencia dominante de algunos temas doctrinales (verdades dogmáticas) que se convierten en goznes de toda la vida, así como un conjunto de rasgos y virtudes que se consideran más propios y característicos, y también más eficaces para su realización. Es un modo de ser y de actuar, un estilo particular de santificación.

En este sentido, la "espiritualidad" viene a representar el modo humano con el que el impulso original se encarna, se interpreta y se desarrolla en el tiempo y en un contexto determinado de cultura.

Si bien es cierto que el carisma determina la "índole particular" del instituto, su identidad y su misión, no debe identificarse en ningún momento, con las "obras" o actividades.

El "patrimonio espiritual" de toda familia religiosa en la Iglesia, está integrado por el carisma fundacional o espíritu del fundador, la formación espiritual de los primeros discípulos, la Tradición y las sanas tradiciones del instituto, lo cual en propiedad no se trata de aspectos distintos sino complementarios de la misma y única realidad fundamental.

Es un deber y un derecho de todo religioso conocer el patrimonio espiritual de su familia religiosa; de conservarlo y enriquecerlo en la medida de sus posibilidades, y en actitud de fidelidad al Espíritu Santo y a la Iglesia.

Es por ello que el presente ensayo intenta iluminar el carisma y la espiritualidad de nuestra fundadora, Madre María de San José, lo cual equivale a descubrir los resortes y principios que motivaron e inspiraron su santidad propuesta hoy por la Iglesia para la imitación de los fieles.

Choroní, Estado Aragua, fue su pueblo de origen. Allí fue bautizada y allí transcurrieron los primeros años de su niñez en el seno de un hogar cristiano donde se reveló amante de la virtud, el retiro, la oración y el servicio fraterno.

Establecida con su familia en Maracay, los nuevos derroteros de su vida fueron orientados por el Cura y Vicario de esta ciudad, Presbítero Vicente López Aveledo, esclarecido y santo sacerdote proveniente de Caracas. ¿Su máximo ideal? Ser toda de Dios, ser su esposa, toda de él y para siempre. Su inclinación permanente, la vida conventual, hubo de ser sacrificada ante los inescrutables designios de Dios. No existió en ella intención de fundar Congregación: lo aceptó como una cruz.

La recién nacida Congregación (1901) asesorada por el Padre López Aveledo, toma por nombre: "Hermanas de los Pobres de San Agustín", adopta la Regla de este gran Doctor de la Iglesia y el hábito de Santa Rita de Casia, agustina. Se propone el servicio "a los pobres de Nuestro Señor Jesucristo" y sobre esta base son redactados los primeros Estatutos, que, en 1903, presentara el Padre López Aveledo ante el Vicario Provisor de Caracas para su aprobación.

Laura Alvarado Cardozo asume el nombre de Hermana María de San José y desde entonces recae sobre sus hombros la pesada cruz del superiorato, que llevará fielmente hasta poco antes de su muerte.

El itinerario de la Sierva de Dios durante su juventud y los primeros años de fundadora, está signado por una vida de abnegación y oración; ascesis, humildad, pobreza, obediencia y caridad. Su continuo trajinar, exigido por el establecimiento de una nueva familia y las sucesivas fundaciones benéficas en medio de extrema pobreza, se ve regido por su gran confianza en Dios Padre, en actitud serena y reposada, índice de su permanente unión con Él.

Su salud es precaria. A raíz del deceso de Don Clemente, su padre, en 1899, vive en absoluto ayuno, según prometió al Señor. Gravemente enferma en 1906, espera la muerte con ansia: quiere unirse pronto a su Dios y Señor. Por obediencia, debe mitigar su austeridad. Su más grande alimento: la Divina Eucaristía. Ofrece entonces la vida en expiación de sus pecados y se mantiene, sin embargo, en continua espera del Amado de su alma.

Al fallecer el Padre López Aveledo, a quien se le llama "Nuestro Padre", (1917), la Congregación, a sólo 16 años de fundada, queda bajo su responsabilidad, hecho que acentuará su fe en la Divina Providencia y pondrá de manifiesto su temple de mujer fuerte. Por sobre todo lo que pueda suceder, está empeñada en su grandioso ideal: ser santa: "Adelante, Jesús mío, el ideal que persigo eres Tú y sólo Tú: nada me arredra".

Así transcurrió su existencia: "La vida es una completa batalla -escribe- pero ya estoy avezada a todo". Y en otra ocasión confiesa: "Siempre estoy muy bien, con mil penas y amarguras encima, pero adelante! como Dios sea glorificado, no me importa nada".

Jamás se le vio agobiada por el peso de los años; es más solía repetir: "me siento en mis quince" o "en mis diecisiete", cuando había comenzado a servir al Señor. Así se explica cómo pudo dirigir la Congregación hasta muy avanzada edad.

El declinar de su vida totalmente entregada, fue suavizando su recio carácter, e imprimiéndole un tinte de majestuosa mansedumbre. Su esperanza en la eternidad, se tornaba con frecuencia, en dramáticas dudas sobre su salvación, lo que la impulsaba a elevarse desde la profunda experiencia de su miseria hasta la infinita misericordia de su Dios, a la cual se aferraba con mayor confianza y amor filial.

Después de haber superado sucesivas gravedades, a partir de 1966, su salud comenzó a resentirse de manera muy especial. Sería su última enfermedad y sufría, más que por este hecho, por verse necesitada de ayuda para los más personales e imprescindibles servicios.

En medio de intensas purificaciones íntimas, conservó lúcidas sus facultades mentales y mantuvo la misma tónica espiritual de toda su vida: humildad, caridad y penitencia, cifrada en una profunda vivencia eucarística y expresada en total abandono a la voluntad adorable de su Dios: "Soy toda de él, que haga conmigo lo que quiera".

Su abrasado amor y férrea voluntad, la llevaban a realizar verdaderos esfuerzos: quería morir en la capilla, al pie de la Divina Eucaristía, y allí pidió ser sepultada, muy junto a ella, en la Sacristía del Asilo, en su querido Maracay.

No la sorprendió la muerte. La esperaba, la deseaba desde sus más tiernos años: significaba para ella la donación total y definitiva al Amado de su alma. Rodeada del cariño y veneración de sus hijas, murió en su lecho de penitente, el 2 de abril de 1967, a las doce del día y cuando contaba 92 años de edad.

El Evangelio es la palabra de Dios, y los santos son evangelios vivos, "palabras" de Dios al mundo. A través del Evangelio, pues, intentaremos estudiar la espiritualidad de María de San José, ya que ella encarnó esa Palabra de una forma concreta y específica, en permanente docilidad a Dios a imitación de María santísima: "Hágase en mí".

En primer lugar: ¿Quién es Dios para ella? ¿Cómo "vive" a Dios?

No es humana casualidad que sus escritos o notas espirituales comiencen con una expresión de acción de gracias por su BAUTISMO, por el cual se convierte en hija de Dios y de la Iglesia, acción de gracias que renovará cada año. En este sacramento fundamenta su vida espiritual. Emerge entonces la profunda vivencia de su filiación adoptiva: Dios es Padre.

Desde sus primeros balbuceos en Choroní hasta los finales días de su ancianidad en Maracay, su existencia toda queda enmarcada en la hermosa frase "Papá Dios". Dios es ese padre amoroso y bueno, que le dispensa muestra de especial ternura, a las que ella responde con espíritu filial.

El siguiente párrafo de sus escritos en 1906, habla por sí mismo:

"Yo soy muy feliz porque este año, en sus últimos meses os habéis dignado visitarme con la dulce enfermedad que llena mi alma de grandes consuelos. Termina este año, pero termina para mí con la alegría de estar abrazada con la cruz de mis dolores... ¿Cómo he de quejarme por mis dolores, ni por lo que sufro en esta enfermedad? No, no puedo hacerlo, porque la mano bendita que me los envía es la mano paternal de un Padre amoroso que me ha colmado de gracias desde mis primeros años; esa mano divina que ha derramado tantas gracias sobre mi alma es la misma que me envía esta dulce enfermedad. Bendita sea una y mil veces. ¡Qué bondad de Dios tan inmensa! ¡Qué misericordia sin igual! No me quites el consuelo de sufrir estos dolores; no os pido sino paciencia para sobrellevarlos con alegría, que hasta hoy me habéis concedido".

La citada enfermedad duró siete años, lo que la imposibilitó de "hacer los Santos Ejercicios Espirituales desde 1907 hasta 1914 ... Bendigo esa inefable bondad".

En sus apuntes de estilo coloquial encontramos toda una constelación de nombres aplicados a Dios y a Cristo en los que resplandece siempre gran ternura y reverencia; en ocasiones asombro.

Si las páginas de su vida espiritual se abren con el dulce nombre de "Papá Dios", a medida que va internándose en el misterio divino, va descubriendo al "Señor", "Señor y Creador", "Señor y Padre", "Padre de Misericordia", "Divino Juez", "Padre y Esposo amante y misericordioso".

En el fondo subyace siempre este temor reverencial que custodiará con exquisitez la diáfana pureza de su alma.

Así lo expresa en sus escritos en varias ocasiones:

"El sabe que no quiero desagradarle en nada. Hasta hoy su infinita bondad me ha librado de hacer nada, nada deliberadamente". (1945). "Esos felices días [de la escuela] los tengo muy presentes y los veo limpios de todo pecado, desde mis cinco años hasta los diecisiete en septiembre del 91 que fue mi último examen. Nada tengo que tacharme... ¿A quién debo tamaño favor? Al Dios tres veces santo, a la misericordia de Dios, nada más". (1954).

En otra ocasión agradece a Dios el "no haber salido nunca de la casa paterna": Hace alusión al hermano del hijo pródigo en la parábola de Lucas (15, 11-32). "Recorro todo este tiempo y me avergüenzo de tanta miseria; pero aún tengo tiempo; este momento puede ser el principio de mi conversión. Así lo espero, esposo muy amado de mi alma, que si es verdad que me he portado mal, también es cierto que no he cometido ninguna falta deliberada, lo debo esto a tu infinita misericordia, pero me reconozco ingrata" (21 de enero de 1927).

Esto es vivir en radicalidad los compromisos bautismales. Es vivir en profundidad la adopción filial en Cristo.

Dos actitudes fundamentales.

La fe viva en ese Padre, "Padre y Señor", genera en Laura Alvarado dos virtudes claves en su vida: la docilidad y la confianza.

1.- Docilidad:

En el curso de su prolongada existencia, no puede menos de observarse como hilo conductor en su relación con Dios, ese SÍ personal al designio divino sobre ella. Baste pensar que a los 13 años a partir de su primera comunión, se consagró a Dios en respuesta a ese íntimo llamamiento, lo que la indujo a observar desde entonces los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia con el asesoramiento de un sacerdote, probablemente el párroco. Así lo comenta en cinta grabada en Los Teques en 1966.

Dios le inspira asistir a misa diariamente, y con grandes dificultades, en contra de la voluntad de su padre, a quien tanto ama y respeta, logra escaparse a misa cada día, al amanecer.

Va madurando en la vida de fe y su gran anhelo es ingresar a una orden religiosa de clausura, a un convento. Sin embargo, Dios le señala otra ruta jamás soñada por ella: Por voluntad divina debe trocar su ansiado retiro monástico por una vida de servicio al pobre con una misión especial: fundadora y superiora general de la Congregación hasta avanzada edad, cuando aún añoraba su primigenia "vocación" conventual. ¡Cuánto lo deseaba! Y hasta llegó a solicitar permiso eclesiástico para satisfacer este deseo después de haber cumplido su misión como fundadora, pero le fue negado. "Ni pensarlo" se le respondió.

En relación a este espíritu de docilidad y disponibilidad a la voluntad de Dios, el material abunda tanto en sus anotaciones como en las cartas y en las declaraciones de los testigos durante el proceso diocesano. Citamos sólo algunos textos:

"Heme aquí, mi buen Jesús, heme aquí" (E. 1929).

"Mi vida está en tus manos; tómala y haz de mí tu santa voluntad... He aquí a tu pobre esclava: quiero lo que tú quieras y como lo quieras" (E. 1928).

"Haced de mí, Dios mío, lo que gustéis, vuestra soy" (E. 1932).

"Estoy completamente abandonada en las manos de Dios". (E. 1941).

"No quiero sino cumplir tu voluntad en todos los momentos de mi vida" (E. 1945).

"No quiero nada fuera de tu voluntad santa. Haz de mí lo que quieras" (E. 1948).

"No hago sino decir: Dios mío, si tú lo quieres así, cúmplase tu voluntad. Si quieres darme más, te digo: Todavía más, Señor, todavía más, ¿Qué le parece el "Papá Dios" tan lindo"? (Carta sin fecha).

"Lo que siento es que nada puedo escribir, casi no veo la línea; pero así lo quiere "Papá Dios" y así lo quiero yo. Sea bendita su santa voluntad" (CH 1960).

"Yo no pido [sufrimientos], sino que acepto" (CH 1962).

"Yo bien, con mil penas y amarguras, pero como Dios sea glorificado, nada me importa" (Cartas).

No se trata solo de palabras. Es toda una actitud de fe, de inmolación ante el designio divino. Y con una tenacidad y constancia admirables: "Jesús mío, me siento sin fuerzas -escribe en 1948- si no te es agradable esta congregación y quieres acabarla, dame por caridad la muerte antes de verla terminada. Pero si quieres llevarme hasta el más grande de los sacrificios, cúmplase tu santa voluntad. Nada quiero fuera de tu voluntad. Haz de mí lo que quieras".

Enferma de la vista, siempre había pedido a nuestro Señor le conservara en sus últimos años, el "rayito de luz" que le quedaba. Días anteriores a su muerte, las Hermanas le recuerdan esta petición, a lo que ella plenamente abandonada en Dios les responde: "Yo soy de él, y si él quiere quitarme aún ese rayito de luz, no digo eso, sino todo lo que quiera". Fueron estas las últimas palabras que pudo pronunciar, porque luego perdió la voz. Sin duda su actitud heroica era el reflejo de aquella oración constante que bullía en el interior de su alma: "Mi vida está en tus manos. He aquí a tu pobre esclava... Hágase en mí según tu voluntad".



2.- Confianza:

Siempre que el hombre experimenta la gloria de Dios, escribe S. S. Juan Pablo II, se da también cuenta de su pequeñez" (Vida Consagrada 35). Abundan las frases referentes a esta experiencia íntima de la Madre María. Se autodenomina "Minimita", "pobre esclava", "pobre sierva", "mínima esposa". Mientras más pequeña se experimenta, más segura está de Dios, más confía en su divina providencia, en su amor infinito, porque con San Pablo repite: "La fuerza de Dios se realiza en la debilidad ... presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo, pues cuando soy débil entonces soy fuerte" (2 Cor 12, 7-10)

Criterios y realidades completamente opuestos a los del mundo: Se vive la deliciosa y reconfortante experiencia de apoyarse en Dios, de fiarse de él.

Escribe un censor en Roma: "De una rica vida teologal, según lo revelan sus escritos. Vida de fe y de amor ardiente y apasionado. Su esperanza teologal no se manifiesta sólo en los ardientes deseos de poseer al Señor, sino que viene acrecentada por las mismas dificultades, por las pruebas interiores que no le faltan, y por todo aquello que ella considera falta, retrasos, imperfecciones: puesto que frente a la experiencia de su radical pobreza, no encuentra motivo de abatimiento, sino que se lanza a una esperanza más fuerte, rica de fe y de abandono en el amor misericordioso de Jesús". (RV).

La confianza en Dios, lejos de producir en ella una actitud pasiva, de simple espera, la espolea a actuar, a realizar no pocas veces con dolor y coraje, lo que antes ha "orado" como voluntad de Dios. De ahí que su talla espiritual corresponda a la de la "mujer fuerte" de la Biblia: enérgica, emprendedora, ponderada, decidida y firme, segura en "el que todo lo puede".

Es el Espíritu Santo quien ilumina, llama y conduce al fundador a la creación de una nueva familia religiosa en la Iglesia con un carisma o don divino a desarrollar mediante un proyecto común destinado a perpetuarse.

Tal inspiración puede darse en forma directa e inmediata y también de modo indirecto y mediato, suscitado por una situación, o a través de terceras personas según casos concretos conocidos en la historia de la Iglesia. Este último parece el más aplicable a nuestra Madre María de San José, quien como se indicó al comienzo, el ser fundadora de una congregación, ni siquiera remotamente existía en sus planes, ya que su más vehemente aspiración se orientaba hacia la vida conventual en absoluto retiro y oración. El instrumento humano providencial de quien Dios se valió para guiarla a esta misión fue el Padre Justo Vicente López Aveledo, párroco de Maracay y fundador del Hospital San José, donde un selecto grupo de voluntarias prestaba sus servicios, entre ellas Laura, a quienes propone la creación de la Congregación al servicio de los más necesitados. Luego de intensa oración y discernimiento, Laura en unión con sus compañeras acepta, coherente con aquella íntima convicción espiritual de fe, marcada en una dimensión de totalidad:

"Hacer la voluntad de Dios es hacerla en TODO"

"En TODO debemos ver la soberana voluntad de Dios"

"Adoro tus designios y me someto a tu adorable voluntad"

"No debemos vacilar ni un solo instante en cumplir con alegría la voluntad de Dios"

Es traducir y actualizar nuevamente el "Heme aquí, Señor", que habrá de renovar al ser designada superiora por Monseñor Juan Bautista Castro, Vicario Provisor del arzobispado de Caracas. Desde ese momento inolvidable "en el que quería desaparecer", Laura se convierte en la Madre María de San José, responsabilidad que llevará sobre sus hombros hasta avanzada edad en la íntima y dolorosa experiencia de ser la menos apta para ello.

Su profunda humildad no le permitirá considerarse "fundadora", título que declina en el Padre López Aveledo, a quien las Hermanas llaman "nuestro Padre". María de San José asume el concepto de "Madre": lo siente, lo vive y lo irradia. El Espíritu la ha ido moldeando y purificando progresivamente, hasta lograr de ella y en ella este SI maternal para fecundidad de la Iglesia.

Por su parte, la Madre en medio de situaciones históricas y ambientales ligadas a su experiencia, irá traduciendo hasta en los pequeños detalles cotidianos la inspiración originaria como sello característico de la nueva familia que le ha tocado engendrar en fe, sin previa experiencia y por obediencia al Espíritu, y cuyo solo objetivo es hacer de ella una gran comunidad bajo la impronta agustiniana en la constante búsqueda de la santificación propia y de los hermanos, mediante el ejercicio de la caridad.

Dado que, por divinos designios, la extensa trayectoria de la Madre María se identifica casi en su totalidad con su rol de fundadora hasta los 85 años de edad, queda por demás demostrado que sólo con una asistencia del Espíritu Santo - y muy especial - era posible guiar con prudencia y fortaleza sobrenatural una Congregación religiosa durante tantos años y en tan difíciles circunstancias históricas y sociales.

Los dones del Espíritu Santo

Si la virtud "es una disposición habitual y firme para ejecutar el bien" los dones del Espíritu Santo "completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben". Ellos permiten a los fieles obedecer con docilidad y prontitud a las inspiraciones divinas mediante una especie de instinto o connaturalidad propia de la acción del Espíritu. Los dones varían según las necesidades del alma y su misión en la Iglesia. En el caso de la Madre María de San José en su condición de fundadora religiosa, resaltan de modo especial los dones de consejo y fortaleza.

1. Don de consejo

El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia y "bajo la inspiración del Espíritu Santo hace que el alma juzgue rectamente en los casos particulares sobre lo que conviene realizar en orden al fin último sobrenatural". Efecto claro de este don fue la permanente disposición de la Madre María a aceptar y acatar gozosamente en cada circunstancia de su vida, "la adorable voluntad de Dios", en su historia personal y la de su familia religiosa, así como a elegir los medios más apropiados para su ejecución.

Según voz común de los testigos en el proceso de beatificación, la Madre se distinguió por su "esmerada prudencia". Uno de los censores teólogos en Roma expresa: "El buen éxito de su Congregación es un testimonio de la prudencia que le fue necesaria, tanto más que partió de la nada por la carencia total de medios materiales y de protecciones humanas. Su gobierno, pues, estuvo signado por la prudencia".


2. Don de fortaleza

La fortaleza cristiana es la firmeza en el obrar infundida en el alma por la gracia santificante. Posee dos actos: impulsa a acometer grandes obras y a resistir con valentía, decisión y constancia todos los obstáculos y dificultades en el camino de la santidad. Parte integrante de la fortaleza es la paciencia o el soportar con firmeza los padecimientos y trabajos, así como también la constancia y la perseverancia. El don correspondiente -fortaleza- somete a la virtud a la moción directa e inmediata del Espíritu Santo (modo divino), que le comunica una confianza y seguridad inquebrantables.

Muchas pruebas tiene que afrontar el alma hasta arribar a estas alturas. Temple y virtud nada común demostró la Madre María en la conducción de sus hijas espirituales; en los sacrificios y trabajos de las fundaciones; en la toma de decisiones y búsqueda de soluciones en su condición de superiora general. ¡Cuántas amarguras deja traslucir en sus escritos! "Si este reclinatorio hablara"... decía. Pero allí estaba su fuerza, en la oración, en la Eucaristía. En una oportunidad fue tan intenso el cúmulo de dificultades, que exclamó: "Si yo hubiese sabido lo que es fundar una congregación, nunca lo hubiera hecho". Eran gemidos del alma, como humana; pero enseguida se recuperaba acudiendo al que "todo lo puede".

Su ayuno absoluto durante diez años, alimentada sólo con la comunión diaria; y luego a lo largo de toda su vida, el ayuno mitigado por obediencia, da prueba, no sólo de su templanza y penitencia, sino de su fortaleza, al igual que su propósito cumplido desde los 13 años de edad de mantener la mirada discretamente baja, hasta el final de sus días.

Demostró fortaleza en las tentaciones que las padeció muy fuertes en relación a la fe, a la esperanza de la vida eterna, a su propia salvación. Vencía todo ello con fervientes actos contrarios a la tentación, y su virtud salía de la lucha más purificada y sólida. No sin razón suficiente afirmaba que "la vida es una completa batalla; pero yo ya estoy avezada a ella".

Entre tantas experiencias vividas, una anécdota fundacional puede ilustrar un poco su actitud de confianza y fortaleza: En 1909 - escribe en sus crónicas - "nos embarcamos en la goleta "Virginia" rumbo a la ciudad de Coro, Estado Falcón; pero con la mala o buena suerte de que al pasar la noche frente al puerto de Tucacas, por motivo de enfermedad tuvo que quedarse la superiora [habla de sí misma] y dos más".Una de estas Hermanas refirió que antes de enfermarse la Madre, ante sus ojos se presentaba un mar picado, de gigantescas olas. Al observar esta situación, el Padre López Aveledo, lanza a la fundadora esta normal pregunta:

- Madre María, y ¿A Ud. no le da miedo viajar así, con ese mar tan agitado? [¡y de noche!].

- No, no me da miedo, respondió ella con firmeza, porque Dios va con nosotros.

Y así, en cada caso, afrontó con valentía el oleaje de tantas dificultades y contradicciones, de estrecheces económicas y sufrimientos de diverso género, incluida la temprana muerte del fundador, hasta alcanzar la fundación de cuarenta obras benéficas en Venezuela, porque "Dios va con nosotros".

1. Infancia

Desde muy temprana edad, Laura Alvarado dio muestras de especial inclinación a lo "sagrado". Algo así como una sensibilidad innata a lo divino. Apenas de dos años, en Choroní, cuando su "padrino" el general Alejandro Padrón, tomándola en brazos, le preguntaba ¿qué quieres que te traiga de Maracay? Su respuesta era: - casabe pa´mí y aceite pa´mi Papá Dio [se usaban lamparitas de aceite como expresión de fe].

El padre Ignacio Larrañaga escribe: "Entre las disposiciones congénitas de la personalidad, puede existir la de una sensibilidad especial para las cosas divinas. Hay personas que nacieron con una tendencia tan fuerte para con Dios, que no pueden vivir sin Dios. Es una fuerza irresistible que les viene desde las últimas raíces (...). Yo no sé si esto es gracia o es naturaleza; si es antes del bautismo o después. En todo caso es un don de Dios. ¿Cómo llamarlo? ¿piedad? (Vida Espiritual de los religiosos, 1981, pág. 55).

Existen las "mediaciones": En el seno de su hogar fue desarrollando este "instinto divino", bajo la directa influencia de su madre Margarita, de su abuela paterna, Ana Félix, con quien aprendió a rezar el rosario a los cuatro años. En el colegio, es evidente la formación cristiana recibida de sus maestras pertenecientes a la familia Blanco González. Una "santa viejecita" cuyo nombre no menciona, la preparó durante años para la primera comunión. Y en el reverso de la fotografía de una elegante jovencita, escribió: "Mi Belencita querida, que después fue para mí una santa madre espiritual". Se trata de Belén Pelgrón.

La vida de fe y de oración aprendida en el hogar y fortalecida en el colegio, compartida en la amistad, fue madurando luego al calor de la parroquia.

Uno de los censores teólogos del proceso en Roma, escribe: "Desde muy niña, su renuncia a las cosas no sólo lícitas, sino sólo aún superfluas, parece dictada por un instinto sobrenatural de mortificar la naturaleza para dar cabida a la gracia de Dios" (Voto VI).


2. Juventud

Los 13 años, edad de su primera comunión en 1888, es especialmente importante en su vida. Se compromete con Dios como esposa y luego asesorada por un sacerdote, comenzará a observar los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según su propio testimonio.

En su hogar es maestra y catequista, sostiene la escuelita con su propio trabajo: fabricación casera de dulces criollos. La virtuosa jovencita es muy amante de la oración y el recogimiento. Diariamente se le ve asistir a la misa y ocupar el primer banco del templo, lo más cerca del altar eucarístico. Se le identifica como la "Niña del Cristo", imagen que lleva sobre el pecho como un emblema. Uno de los más dulces recuerdos de su juventud era el tiempo que pasaba en oración bajo la sombra de una planta de catigüire que existía en el solar de su casa en Maracay. Durante las visitas que dispensaba a sus familiares en Turmero, se prolongaba tanto su oración en la iglesia, que la abuela Ana Félix se veía precisada a enviar a alguien a buscarla. Parecía olvidarse de todo cuando estaba orando. Impresionaba la modestia de su porte.

En 1892 llega a Maracay en calidad de Vicario, el padre Justo Vicente López Aveledo, sacerdote joven, dinámico y fervoroso, de extraordinarias dotes humanas y espirituales, las que empleó en el servicio de esta parroquia durante 25 años. De aquí en adelante, será el guía providencial que orientará los pasos de Laura por el camino de la santidad, hasta su muerte en 1917.

El espíritu de Laura sacia su sed de Dios en una continua y profunda vida de oración en medio de las vicisitudes diarias. Aprende a orar orando, aprende en la escuela de Jesús, Hijo de Dios, el orante por excelencia, cuya delicia y alimento es "hacer la voluntad del Padre", actitud filial que va estrechamente unida a la íntima y constante comunicación con él. Jesús ora "en el monte", en medio de las turbas, en su cotidianidad apostólica, en la sinagoga, en Getsemaní, en todo momento, siempre guiado y animado por la fuerza del Espíritu. Con su palabra y con su ejemplo, Jesús nos enseña que orar es entrar por amor en comunión con la voluntad del Padre.

"Cuando la oración es concebida así - escribe el cardenal Eduardo Pironio - como una experiencia muy honda del Señor en el desierto, en la cruz o en la tarea cotidiana, como un modo privilegiado de vivir en él y en su voluntad, la oración deja de considerarse un medio: es un fin, porque en definitiva el fin es ése: vivir en comunión con la Trinidad Santísima (desde allí con los hombres) y hacer que nuestra alegría sea completa (Vida espiritual de los religiosos, 1981, pág. 247).


3. Madurez

En el trascurso de la prolongada existencia de la Madre María de San José como cristiana, servidora de los pobres, fundadora y superiora general, bajo el embate del sufrimiento y de las pruebas, su oración fue purificando y elevando su espíritu, confiriéndole ese aire de serena majestad que la caracterizó, y que se percibía como una irradiación de paz. A este respecto, dos testimonios importantes:

El primero del cardenal José Alí Lebrún Moratinos: "Desde que la vi por primera vez me impresionó su modesta compostura y su amable y sencillo trato. A su lado uno se sentía más cerca de Dios, tal era su actitud de fe. Durante mi episcopado en Maracay, se ahondó en mí esta convicción. A la Madre María se le podía aplicar el elogio que en la antigua lección histórica del Breviario Romano, tributaba la Iglesia a Santa Catalina de Sena: Nadie se acercó a ella que no se alejara siendo mejor".

El segundo presentado por el obispo de Coro, Estado Falcón, Monseñor Francisco José Iturriza, quien como Lebrún trató de cerca a la Madre:

"Hago mía la expresión valiosísima de un piadoso y ejemplar hijo de la Orden de Agustinos Recoletos, el Rvdo. Padre Angel Latorre: -Mi impresión al conocer a la Madre María fue excelente: una monja sencilla, humilde, de amena conversación y de una sonrisa amable, plácida y serena, como reflejo de una paz interior extraordinaria. Desde el primer momento inspiraba confianza, simpatía y veneración. -Esa paz interior, concluyó, sabía transmitirla en tal medida, que movido en más de una oportunidad a pedirle una plegaria suya para obtener del cielo la adecuada solución a problemas pastorales de mi diócesis, parecíame seguro de alcanzarla".

Sus notas espirituales a lo largo de sesenta años, son un reflejo de su progresiva ascensión en la vida de oración. Así escribe un censor en el Congreso peculiar de sus virtudes:

"Los escritos espirituales de la sierva de Dios, son además un testimonio de su intensa vida de oración. Oración filial, coloquio de amor, humilde súplica, ferviente alabanza, contemplación: un modelo de oración cristiana... Son el espejo del alma de la sierva de Dios" (Voto IV).

"La práctica de la oración prolongada en la acción, mantenía a la sierva de Dios unida al Señor siempre y en todo lugar, en toda circunstancia, tanto que unánimemente los testigos leen en ella una dulce mirada y una paz interior constante" (Voto V).


Algunas pinceladas en sus escritos sobre la oración:

"Es necesario orar siempre. ¡Cuán grande ejemplo nos da nuestro Señor en la oración! Toda su vida mortal fue una oración continuada" (1923).

"Dame, Esposo amantísimo el espíritu de oración, que tanto deseo y necesito" (1938).

"La escuela de las almas interiores es la oración; es muy cierto pues en la oración aprende el alma todo lo necesario para llegar a ser alma interior, y un alma interior tiene que ser alma de oración. Siempre he sentido envidia a esas grandes almas!" (1938).

"Pido al divino Espíritu me enseñe a meditar como deseo, pero nada... siempre como un asnito en la presencia del amor de los amores" (1927).

"Quisiera tener un espíritu grande y saber meditar como esas almas grandes, pero nada... Jesús mío, me conformo, porque a mí no se me ha dado esa elevación. Lo deseo, pero no me es posible, repito que me conformo" (1950).

"No se salvará sino aquel que persevere en la oración, pues la perseverancia no la alcanzamos sino por la oración; claro está que sin la oración no hay salvación posible ( así lo creo yo)" (1905).

"Sufro tanto, Madre mía, al pensar cómo se pierden las almas! La misericordia de tu hijo es inmensa... veo cómo está el mundo y me lleno de amargura" (1934).

"Oh, Madre mía, ayudadme en la gran tarea comenzada. Tú sólo conoces las luchas que hay que sostener: son almas queridas de Dios, ayudadme a salvarlas" (1938).

"Ay, Dios mío, qué grande es el valor del alma! ¡Cómo quisiera evitar la pérdida de tantos que te ofenden! Espero que nos salvarás a todos en la sagrada llaga de tu costado, puerta abierta en esa roca del divino Amor, que guarda el adorable sacramento de la Eucaristía" (1956).

"Mi corazón rebosa de contento y desearía vivir y morir cantando el Magnificat" (1950).

"No fue tu voluntad oírme. Cúmplase, porque pudiendo no quisiste complacerme. Mientras más me niegas lo que te pido más omnipotente te veo" (1945).

"Es obvio que la sierva de Dios habituada a una continua ascesis e introspección del propio mundo interior, se vea y se sienta espiritualmente "pobre" en modo proporcional a las luces que la inundan de lo alto. Sin embargo es una prueba de sus concretos progresos en la vía de la perfección" (Voto 1).

En la Biblia, libro divino - humano, la oración o trato con Dios, ocupa un lugar importantísimo. Y en el Nuevo Testamento, en el Evangelio, la doctrina de Jesús sobre este tema es sustancial, reiterativa y profunda, con aplicaciones y efectos muy concretos.

Para nuestro Padre San Agustín, la oración es "la conversión de la mente a Dios con piadoso y humilde afecto" (Lib. De spiritu et anima: ML 39, 1887).

Los Santos Padres de la Iglesia y los grandes maestros de la vida espiritual, coinciden en proclamar la eficacia extraordinariamente santificadora de la oración. Sin la oración, sin mucha oración, es imposible alcanzar la santidad, ya que ella constituye el camino más corto y expedito para la unión con Dios.

"La oración es una - afirma el Cardenal Pironio- en su celebración litúrgica y en su expresión personal; en la meditación, en la contemplación, en la oración vocal; en la oración comunitaria, en la oración silenciosa, en la oración compartida... Es siempre el modo concreto de entrar profunda y gustosamente en Dios: de estar con él, de escucharlo, experimentar su comunicación y ofrecernos" (ob cit 1981, p. 251).

De esos "modos concretos" de oración característicos de nuestra Madre María de san José, cabe señalar los más resaltantes:

La celebración litúrgica fue para ella especial alimento espiritual con profundo sentido de comunión eclesial. Durante los tiempos litúrgicos del año, Adviento y Navidad; Cuaresma, Pascua y Pentecostés, su espíritu se sumergía en cada misterio celebrado, y con su actitud creaba un clima especial a su alrededor; sabía transmitir sus exigencias de vida nueva en Cristo, de conversión.

En cuanto a su oración personal, tan rica y enriquecedora, puede sintetizarse en cuatro facetas:

1. Presencia de Dios.

2. Oración de súplica e intercesión.

3. Adoración.

4. Contemplación.

"Anda en mi presencia y serás perfecto", dijo el mismo Dios al patriarca Abraham" (Génesis 17, 1).

Consiste este ejercicio en "considerar con la máxima frecuencia posible que Dios está presente en todas partes, y muy particularmente en nuestro corazón, y en consecuencia, hacer todas las cosas bajo la mirada de Dios". Es decir, Dios preside en cada momento cuanto hacemos o pensamos. Y no se trata sólo de una simple devoción; es verdad de fe.

Vivir en la presencia de Dios es vivir en oración.

Era éste un ejercicio preferido de la Madre María, que renovaba continuamente durante el día en medio de sus múltiples ocupaciones, al sonar la campanada del reloj cada cuarto de hora; del mismo modo mediante frecuentes y amorosas jaculatorias.

La fidelidad a esta práctica representaba para ella consecuencias de importancia:

* La mantenía vigilante para evitar la menor falta deliberada. Cuando nos advertía sobre alguna falta, solía decirnos: -Esto le pasó por no andar en la presencia de Dios.

* Procuraba realizar sus actividades con la máxima perfección y orden.

* Observaba exquisita modestia y compostura, acompañada de tal mansedumbre que inspiraba respeto y amor. Cuando en ocasiones la encontrábamos por los corredores de la casa en Maracay, al menos las jóvenes no nos atrevíamos a "interrumpir" aquel especial recogimiento que usualmente expresaba con la mirada baja y la mano derecha sobre el pecho, con gran sencillez. Lógicamente, esta actitud correspondía a los días y tiempos de silencio. Las recreaciones diarias y festivas en las que ella siempre participaba, eran muy amenas.

Este ejercicio de la presencia o "inhabitación" de Dios en nosotros, pronto se convirtió en un hábito de íntima comunión con Dios, de contemplación, que la llevaba a descubrir la presencia divina en todas las cosas y sucesos. ¡Cómo se elevaba a Dios a través de las criaturas! ¡Cómo disfrutaba contemplando la naturaleza! El mar, la neblina, los paisajes, el firmamento. En todo admiraba la grandeza del creador. En el ser humano, los animales, las plantas.

El alma que realmente vive en Dios, no es intimista, no vive sola: lleva en sí el Reino de Dios; le aguijonea el "sitio", [sed] de Jesús en la cruz: "Sed tengo"; sed de almas, sed de amor, de salvación. Por eso, apoyada en los méritos del Redentor, clama, suplica por sí y por todos, en privado y en comunidad. Refiriéndose a su padre, escribe: -¿Qué no haremos por la salvación de un alma? Y si es la de un padre o una madre, ¿qué no seremos capaces de hacer?. "¡Un alma! ¡cuánto me preocupan las almas!"

Al dirigir en voz alta la oración comunitaria en la capilla, su voz se revestía de un acento particular, de una unción tan especial que conmovía hasta las lágrimas, sobre todo cuando pedía por la conversión de los pecadores. Entonces su voz se quebraba de tristeza y dolor: "mis queridos pecadores", decía, "mis pobrecitos pecadores", sintiéndose ella misma pecadora e ingrata. Este amor hacia los pecadores la llevó a establecer en la comunidad una hora de adoración por su salvación, los viernes a mediodía.

Pedía también gracias temporales, salud para las Hermanas, auxilio económico para sus fundaciones, la mayoría de las veces en situaciones precarias; para el sostenimiento de las obras, y su confianza jamás quedó defraudada.

En una oportunidad, el organismo oficial que le suministraba un pequeño subsidio para el asilo, exigió el informe económico de ingresos y egresos de la institución. Al comprobar el monto de los gastos, muy superior a la suma asignada, de nuevo le enviaron las planillas solicitando consignara por escrito la "otra" fuente de ingresos recibidos. Sin pensarlo dos veces, al pie de la misma página, escribió: "La Divina Providencia", y regresó los papeles.

Sabemos cuánto oraba por la Iglesia, por la patria, por sus pobres y huérfanos.

Peculiar costumbre suya fue llevar entre sus manos el rosario y una imagencita de la santísima Virgen; rosario que desgranaba constantemente mientras las circunstancias se lo permitieran y así hasta el final.

Próxima su muerte, durante la cuaresma, rezó el vía crucis con los brazos extendidos en forma de cruz y en otra ocasión estuvo de rodillas cerca de dos horas ante el Santísimo Sacramento. Y cuando ya en los momentos finales, no lograba articular palabra, clavó su profunda mirada en el crucifijo de su habitación, lo cual es signo de una forma de oración que sólo ella podría describir.

"La llamada a la santidad - recuerda S. S. Juan Pablo II- es acogida y puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios" y este silencio cargado de presencia divina debe impregnar todas las dimensiones de nuestro vivir (Vida Consagrada, Nº 38).

"Toda la vida del religioso tiene que adquirir esa dimensión profunda, constante, clara, de adoración, de permanente invitación a la adoración: "Venid adoremos al Señor"... Adorar no es simplemente estar delante del Señor de una manera pasiva. Es reconocer que solamente en él se puede realizar en un solo acto la oblación de nuestro ser; nuestra existencia llega a su plenitud. Lamentablemente hemos perdido el sentido de la adoración... hemos dejado un poco de lado el silencio activo en que el Espíritu Santo obra, el Señor habla y el alma se ofrece totalmente en silencio. La adoración significa reconocimiento y gratitud; experiencia de la cercanía de Dios y alabanza ("te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias"); inmolación plena de sí mismo y perfecta disponibilidad de servicio" (Car. Pironio, ob cit. 1981, pág. 250). La cita, tal vez un poco extensa, es muy importante; no merece mutilarla. Encierra el sentido de las palabras de Cristo Maestro: "El Padre quiere adoradores en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23).

Es ésta la dimensión más honda de oración de la Madre María de san José. El reconocimiento profundo de su nada de criatura imperfecta ante la soberana majestad de Dios, ante quien se inmola en silencio de amor y de entrega. De ahí sus notas características de caridad fraterna y fecundidad apostólica.. Oración y vida constituyen una unidad en el Espíritu. La Madre María gozó de esa gran unidad interior, porque para ella no hubo momentos para adorar y momentos para servir; tiempos para contemplar y tiempos para trabajar; horas para Dios y horas para el hombre. El amor, la caridad es una.

Al hablar de la contemplación, san Agustín la define como "una santa embriaguez que aparta al alma de la caducidad de las cosas temporales y que tiene por principio la intuición de la luz eterna de la Sabiduría" (Contra Faustum Manich. 1.12 c.48).

En resumen puede decirse que contemplar en sentido cristiano, es extasiarse en el Amado. Y de ello nuestra Madre María fue alma experimentada. De forma extraordinaria, su adoración y contemplación estuvo orientada hacia la presencia real de Cristo en la eucaristía. "¡Cómo quisiera vivir tan solo para él -exclama- ¡Cómo quisiera no tener más ocupación que adorarlo día y noche en el augusto Sacramento!" (carta sin fecha). "Cuando he podido pasar un día entero a los pies de mi dulce eucaristía, no sé cómo hablar de otra cosa, y aunque quisiera, no sabría qué decir. Nada sé decir de mi adorado Jesús" (1922). No es asunto de "palabras", ni de prolongados rezos. Es experiencia profunda de la cercanía amorosa de Dios en el silencio activo del Espíritu. Contemplar y adorar, extasiarse en el Amado: oración transformante, santificadora.

Escribe un autor: "La gracia de la contemplación sobrenatural es altamente santificadora del alma; más aún, suele llevar a la más eminente santidad". Es un Don de Dios, y como tal imposible de ser producida por el hombre mismo. Sin embargo se habla de "disposiciones" por parte de la persona, como son:

- Gran pureza de alma: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".
- Simplicidad espiritual: ver todo a través de Dios.
- Humildad de corazón.
- Profundo recogimiento interior.
- La práctica cada vez más intensa de las virtudes cristianas.
- La práctica asidua de la oración.
- Tierna y entrañable devoción a María Santísima.

Estas "disposiciones" en su totalidad se dieron en la Madre María de San José.

En el Congreso especial en Roma, constan las afirmaciones siguientes:

"Sus escritos espirituales evidencian este inconmensurable amor a Dios. Habla de Dios como una enamorada y su lenguaje es propio de un alma contemplativa, o mejor de un místico" (Voto IX).

"En un atento análisis, el documento revela toda la madurez espiritual de la protagonista y en particular de su vida de fe, jamás desvinculada de su lucha interior y jamás satisfecha de los resultados obtenidos, acompañada y sostenida por gracias que osaría definir como místicas" (Voto VIII).

"La gracia divina, con todas las virtudes que la acompañan, toma siempre más posesión de su alma, la cual en su generosa y constante respuesta, alcanza la condición de una íntima unión con Dios, de lo cual son indicios reveladores los repetidos ardientes coloquios con Dios registrados en su diario" (Voto VI).

Su oración es búsqueda y al mismo tiempo respuesta a las gracias recibidas de Dios. A medida que se interna en Dios "en el Espíritu Santo" , su trato cada vez más íntimo con él, se convierte en fuente de caridad fraterna.

La relación directa entre oración y caridad, fue claramente detectada y expresada por los censores teólogos cuando afirman:

"La Madre María es una mujer que supo fundir de manera admirable oración y acción. Esto le permitió vivir "entre el calvario y el altar, la cruz y la eucaristía", consumándose en un amor ilimitado hacia Dios y en la práctica de la más genuina caridad hacia el prójimo". (Voto I).

En la sierva de Dios impresiona sobre todo su ilimitado amor a Dios, nutrido por una constante actitud de oración y por una total dedicación al prójimo (Voto VI). "Sólo el contemplativo puede hablar sinceramente de Dios; sólo él tiene capacidad muy honda de intuir necesidades, de ofrecer la ayuda eficaz, porque viviendo sumergido en Dios, descubre sencillamente al hombre, lo ama, lo sirve, es capaz de dar la vida por él" (Card. Pironio, ob. cit. Pág. 243).

Desde su interioridad contemplativa, la Madre María llevó a los otros lo contemplado: es la oración agustiniana; es el Dios saboreado, gustado y entregado, a imitación de María Santísima.

Pertenecen al campo de la mística. La mística es el desarrollo de la vida sobrenatural en el que predomina la fuerza de los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan las virtudes correspondientes. Los fenómenos extraordinarios suelen presentarse en la vida de grandes santos como regalos divinos, acompañados casi siempre de elevados estados de oración.

La Madre María fue objeto de algunos de estos dones, cuya experiencia constituyó para ella fuente de indecibles sufrimientos íntimos, dadas las circunstancias de la época si tenemos en cuenta que desde la mitad del siglo XVIII hasta los comienzos del XX, apenas sí existió teología, y la escasa que había era desconectada de la realidad. En relación a la mística, predominaba la desorientación y el desconcierto hasta el punto de incurrir en extravíos y de juzgar los fenómenos extraordinarios de la misma, algo así como manifestaciones histéricas.

De los dones experimentados por la beata María, unos corresponden al orden cognoscitivo, como visiones, locuciones, discernimiento de espíritus, profecía y hierognosis [facultad para reconocer los sagrado], en particular, la presencia real de Cristo Sacramentado. En el orden afectivo está el éxtasis y por último los de orden corporal como la bilocación y la inedia. La bilocación, uno de los más sorprendentes, consiste en la presencia simultánea de la misma persona en dos lugares diferentes, una presencia física y otra representativa. La inedia es el ayuno absoluto y prolongado durante un tiempo muy superior a las fuerzas de la naturaleza.

Cabría la pregunta: ¿De dónde se ha obtenido el conocimiento de la existencia de estos dones en la beata María?

En primer lugar de sus escritos espirituales o notas de retiro, de los cuales puede extraerse -sobre todo a partir de 1920- el sencillo relato de tales experiencias, sin que llegara al conocimiento de su naturaleza u origen. Pese a que se mostraba sumamente reservada en estos casos, en algunas ocasiones se refirió a tales hechos como a "cosa rara", sin saber explicárselo ni ella misma.

En segundo lugar, es valioso el testimonio de muchas de las Hermanas de la Congregación y de niñas internas del asilo de Maracay, actualmente personas maduras. De las religiosas son particularmente importantes los de la Hermana María Carlota, quien desde los tres días de nacida, recibió los cuidados personales de la Madre María en el mencionado asilo de Maracay y llegó a ser religiosa agustina recoleta hasta los 90 años de edad, siempre muy vinculada a su madre adoptiva.

Otra testigo ocular fue la Hermana Mercedes de san José (Ana Matilde León), primera maestra graduada quien ingresó en 1912, fue formadora durante 30 años por decisión de la Madre María y murió lúcida a los 105 años de edad.

La Madre Águeda Lourdes Sánchez Díaz, primera sucesora de la Madre María en el gobierno general de la Congregación en 1960, quien aparte de lo que vio y oyó en su juventud, refirió personales confidencias de su antecesora. No puedo excluirme de estas fuentes, ya que con frecuencia escuché comentarios de casos concretos relacionados con estos dones de nuestra Madre; sin embargo, no deja de ser curioso que para nosotras pasaban casi desapercibidos; como jóvenes formandas, nos parecía algo normal, tal vez por la misma sencillez de nuestra Madre y el trato cotidiano con ella.

En relación al don de profecía, su máximo exponente es el caso de la curación de la Hermana Teresa Silva (milagro para la beatificación), enferma de osteoartrosis durante 26 años, cuatro de ellos inválida. Antes de su profesión perpetua, solicitó egreso por su enfermedad; pero la Madre María le respondió negativamente aduciendo que si Dios la había traído a la Congregación, para algo sería y que si llegaba a los 50 años de edad, de ahí en adelante tendría salud. En efecto, ya desahuciada por la ciencia, tres meses después de cumplir su medio siglo, sanó repentina y perfectamente.

Merece también alguna explicación el don de la inedia o ayuno: Ofreció éste por la salvación de su padre quien a finales de 1899 fue declarado sin signos vitales por repentina enfermedad cerebral; luego en estado de lucidez recibió todos los sacramentos, para morir cristianamente a las 3 de la tarde ese mismo día. Laura comenzó su ayuno absoluto desde 1899 hasta 1909, cuando por obediencia al Padre López Aveledo hubo de mitigarlo. Durante estos 10 años se alimentaba sólo con la comunión diaria. Teológicamente, este ayuno se explica por una especie de incorruptibilidad anticipada, que dispensa milagrosamente de la ley de la refección alimenticia. Debe constatarse que el ayuno se practica bajo la inspiración del Espíritu Santo y con plena sumisión a la obediencia; que la persona cumple cabalmente con sus deberes de estado y que es sostenida únicamente por la recepción de la eucaristía. Su carácter sobrenatural se juzga contrastándolo con la vida de la persona, virtudes heroicas y dones sobrenaturales. Son contados los casos en la hagiografía.

Hasta este momento he intentado -a la luz de la oración y la consulta- estudiar a la Madre María en su actitud de fe y oración ante el misterio de Dios y como sujeto de especiales dones por parte de ese Dios Padre. El presente capítulo quiere descubrir las líneas prácticas de su caminar hacia Dios, hacia la santidad; las raíces más fuertes y expresivas de su espiritualidad; su faceta evangélica preferida vivida hasta el heroísmo.

Releídos sus escritos, según mi modo de ver, toda su vida espiritual podría sintetizarse en un "querer" específico expresado en la frase que viene a constituir como la nervadura central de su larga trayectoria espiritual:

"Quiero que mi vida se deslice entre el calvario y el altar, la cruz y la eucaristía" (1915).

Calvario y Altar, Cruz y Eucaristía: Paralelismo aparente que encarna una única realidad: Cristo redentor, expresión del infinito amor del Padre en el Espíritu Santo. Inmolación.

Desde temprana edad, en Laura Alvarado se aprecia esta faceta sacrificial: Profundo amor a la cruz, apasionado amor a la eucaristía. Es como el descubrimiento gozoso de que en Cristo crucificado - sacramentado, reside la "fuerza y la sabiduría de Dios para los que han sido llamados". (1 Cor 1, 24). El símbolo de la cruz está siempre presente en su vida como un elemento muy particular. "Si amara la cruz -exclama- como amo las de madera!". "En la eucaristía está mi tesoro y allí está mi corazón", es una frase pronunciada a los 13 años a raíz de su primera comunión y que jamás olvidará.

En sus notas espirituales repite la misma idea, sobre todo en las primeras décadas de su vida religiosa.

1903 (profesión perpetua):
"Oh, grandioso día en el cual me consagré para siempre a mi amado Esposo! ¡Oh, Jesús! Ya no tendré ante mí sino una CRUZ... Ya he hallado a Aquel que tanto anhelaba mi corazón ... ¿Oh, amor mío Sacramentado!"

Diciembre 1903:
"La eucaristía y el calvario es nuestra vida. La cruz en la vida religiosa es dulce y suave: ¡Que dulce es para mi alma vivir entre el calvario y el sagrario! ¡Qué hermoso es vivir abrazado del árbol sacrosanto, del leño adorado, y después de estar completamente crucificada en él, volver los ojos al tabernáculo! ¡Cuán grato y consolador es esto!".

1905: "Cuán feliz es la religiosa que observa su santa Regla y tiene puesto su corazón en el sagrario y en el leño sacrosanto de la cruz! He aquí cómo quiero vivir: abrazada con la cruz y confortada en la divina eucaristía".

"Oh, madero sacrosanto, sólo en ti y al pie del tabernáculo, es donde mi alma se siente fortalecida! Vosotras formáis mis más puras delicias. ¡Oh, santa Hostia, oh cruz adorable! Embriagadme en vuestro amor" (Nota escrita en el librito de la Regla).

1906: "Quiero vivir y morir al pie del dulce Jesús, abrazando con ternura el lábaro de la cruz".

1915: "Cual pura hostia yo quiero
inmolarme y por tu amor,
ofrecerme en sacrificio
a cada instante, Señor".
"Quiero amor, sacrificio"
...

"Al pie del sagrario descanso contenta, le cuento mis penas al dulce Jesús, y vuelve a mi alma la dulce alegría fijando la vista en mi hermosa cruz".

Como es fácil de observar, su sentido de "cruz" está enraizado en una dimensión pascual, de paz, de alegría y esperanza: "Las penas y sufrimientos son preciosas flores que adornarán nuestra eterna corona" (C. a M.A.). "Mientras más sufrimos aquí, más gozaremos allá" (CH).

1922: "Por fin veo realizado un gran deseo: el crucifijo de nuestra amada capillita. ¡El sagrario y la cruz!!! El calvario y el tabernáculo, y ahí muy cerca, mi adorada Madre de las Mercedes completando mi contento. Si amara las cruces como amo las de madera, cuán feliz sería! Bien sabes, mi Jesús, cuánto deseo amarlas y estrecharme con ellas cualesquiera que fuesen!".

En relación a su devoción hacia las "cruces de madera", llama la atención la presencia muda pero elocuente de un modelo único de cruz de madera en cada una de las comunidades por ella fundadas; sus fotografías al lado de una cruz, y el hecho de pedir para su sepultura, le fuese colocada una gran cruz sobre el pecho, la que se conservó intacta junto a su cuerpo incorrupto durante 27 años, a pesar de que el ataúd también de madera, estaba destruido.

1931: La nota de este año reviste un tinte particular. Es la víspera del 8 de diciembre, fecha de su primera comunión, que anualmente celebraba con un retiro espiritual de tres días:

"...fiesta de imborrables recuerdos!... mañana 8 de diciembre, ¡qué día tan encantador! En este feliz día recibí por vez primera el dulce Esposo de mi alma y también mis íntimos y eternos desposorios. ¡Oh, Jesús mío, qué de gracias!. Hoy he pensado: ¿por qué siempre he sentido un encanto entre la eucaristía y el calvario? Y me lo explicó después de tantos años: Cuando creí oír, dulce Jesús que sí podía unirse el alma a Dios en eterna unión, estabas, oh, divina Hostia en el altar del calvario. Así que estaba la eucaristía y el calvario!!! ¡Qué coincidencia tan grande! ¡qué cosas! Mejor es callar, y como aquel profeta decir: "Mi secreto para mí" Gracias, mi buen Jesús, Gracias adorada Madre".

Habla de esa experiencia especialísima cuando ante el altar del crucificado y la eucaristía, siente vivamente el deseo de entregarse a Dios, y sin tener conocimiento de consagración religiosa, de vida religiosa, simplemente pregunta al Señor si ella puede unirse a él matrimonio, "como las mujeres a sus esposos" y oyó un SI tan inconfundible como el asentimiento de la imagen de María santísima mediante una inclinación de cabeza. Aparte de estos datos, ella mantuvo esta experiencia como su "secreto".

Ahora es interesante destacar algunos tópicos del hecho: El que la eucaristía estuviera en el "altar del calvario", ella no lo denomina casualidad, sino "coincidencia". Y una coincidencia que fue providencial, lo que vendría a constituir de parte de Dios el lugar teológico de su manifestación, de su llamamiento a seguirlo en este contexto precisamente; con ese sello que la marcará toda su vida, aunque en forma latente - guiada por el Espíritu- sin un conocimiento explícito del "por qué" según su texto.

En relación a la cruz expongo algunas ideas fundamentales:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9,23). Sólo a través de la cruz, es posible seguir a Jesús, hasta identificarse con él. "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". (Tn 14,6)

En Jn., capítulo I, versículos 29 y 36, Juan Bautista identifica a Jesús: "He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo". Así lo propone a los discípulos que quieren seguir al Maestro. Es un grupo que sigue al Mesías, al Cristo, "el inmolado". La cruz es pues el símbolo del amor divino hecho sacrificio hasta el extremo en la persona del Hijo, Jesucristo. Es signo de salvación: en su verticalidad, Dios desciende hasta el hombre como torrente de gracia, y desde la humilde condición de criatura redimida, el hombre asciende hacia Dios en fe agradecida. La horizontalidad de la cruz, los brazos abiertos del Crucificado por amor, es expresión de esa donación total, de apertura infinita e ilimitada, universal, a todos los hijos de Dios.

El estado religioso responde al fin deseado por el amor al Crucificado, porque es el camino de cruz, sacrificio, renunciamiento. Si se quiere sufrir es para asemejarse a Aquel que llevó sobre sí todo el sufrimiento del mundo para salvar al mundo; para "desposarse" con él especialmente en el sufrimiento redentor. Sufrir es "morir" y morir por Cristo, dar la vida por él, es la mayor prueba de amor, es "vivir" de Jesús. Misterio de amor sobrenatural que san Pablo expresa así: "Para mí, vivir es Cristo, y morir es para mí ganacia". (Filip. 1,21)

Es decir, el amor actualizado en la voluntad de sacrificio por Jesús, representa ya bajo ese aspecto, un lazo de unión especial con Dios, que es principio vital de la "esposa". Por eso, cuando la Madre María escribe: "Quiero amor, sacrificio", no distingue "amor" y "sacrificio", porque para ella significan lo mismo, en progresiva identificación con el Amado.

Que este transitorio "morir" por Cristo engendra vida "eterna" y glorificación de Dios, está expresado en forma gráfica y profunda en la perícopa de san Juan cuando Jesús, poco antes de morir, compara la Vida al grano de trigo, que si cae en tierra y muere, da mucho fruto (Jn 11, 23-28).

Tan convencida está nuestra Madre de la necesidad de la cruz en la vida espiritual, que en carta a una Hermana, le dice: "Yo llevaré mi cruz hasta el sepulcro, alegre y contenta con penas y amarguras. Ese es el camino, ¿por qué lo he de torcer?"

La presencia de la cruz es misterio insondable de fe. En sus escritos , la beata María deja constancia de que nada le resulta pesado en el servicio de Dios, por ejemplo cuando afirma: "Nada me ha cansado. ¡Qué feliz he sido siempre y soy! Lo que sí es cierto que llevo sobre mis hombros el peso de mis pecados (1936). Sin embargo, experimenta además otra cruz íntima y profunda, con tintes de dramaticidad indescriptible: Es la responsabilidad espiritual sobre los otros; es sentirse comprometida y a la vez impotente ante la libertad ajena, que no siempre acepta el designo de Dios Padre. A este respecto, gime: "Señor, ¿es que no escuchas mi constante oración?"

En 1925, tal vez movida por esta experiencia, escribe:

"Haré cuanto esté de mi parte para sobrellevar la pesadísima cruz del superiorato. ¡Qué pesada es, Jesús mío, qué pesada es! Ya me encuentro como extenuada, ya me faltan las fuerzas. Tened piedad de mí".

Otros párrafos por el estilo - posteriores a 1936 - son de particular elocuencia He aquí algunos:

"¿Qué he de decirte hoy, esposo mío, que tú no sepas? Mi alma sufre lo indecible... Yo no sé qué pensar.... Perdóname, pero cómo vas a querer que se te vayan tus esposas?... Yo me siento muy abatida, y si fuera posible, me iría a un convento aunque fuera a recoger basura; pero Señor, tú me darás fuerza y más fuerza hasta el fin".

"Os pido con toda mi alma, si soy obstáculo para el adelantamiento de nuestra Congregación y no se atreven a poner el remedio destituyéndome del cargo, hazlo tú, esposo amado, llevando a tu pobre e inútil sierva, de este mundo a la patria amada. Oídme, dulce y amante Salvador mío".

"Jesús mío, me siento sin fuerzas... Si me fuera posible, me retiraría a un convento, todavía puedo ayudar en algo, pero cómo hago esto? Tú lo sabes y puedes todo. Haz de mí lo que quieras".

"Me entristece, Jesús mío, el atraso en que estamos; tiene que estar el mal en esta pobre que no ha sabido gobernar la Congregación, pero ¿quién mandó a nuestro Padre a poner en mis manos obra tan grande? Mía no es la culpa, tú bien sabes que no sirvo..."

"Mañana 22, entra nuestra humilde Congregación en su año jubilar: no sé qué decirte, mi amado Jesús no sé qué decirte. He hecho lo que he podido, bien sabes, soy ignorante y no reúno las condiciones ni aptitudes para cargo tan tremendo".

"Tiemblo al pensar si no he sabido cumplir con mi deber... si se habrá perdido alguna de las almas confiadas a mi cuidado. No lo permitas, Jesús mío, esto me aterra. Yo quisiera la salvación de todo el mundo. Tu misericordia es infinitamente grande".

Y cuando experimenta que los resultados no corresponden a sus múltiples esfuerzos; cuando sus fervientes oraciones parecen no ser escuchadas en bien de esas almas, ¿qué más le queda? Apela a un acto heroico de maternidad espiritual: "Hijas de mi virginidad ¡cuánto las amo!... Dales, oh, mi Jesús, el verdadero espíritu religioso... son las hijas de mi corazón... ¡Las amo tanto, Jesús mío! Acepta te lo suplico, el sacrificio de mi vida por el bien espiritual de las Hermanitas mías" (E. sin fecha)

El sentido redentor de la cruz no se reduce al "bien espiritual" de sus hijas. Se extiende a todos los necesitados. A la santísima Virgen le implora: "Madre adorada, presentadle [a tu divino Hijo], mis imperfecciones que son tantas; mis penas, mis angustias, que son tan grandes. Presentadles mis hijos que son tantos pecadores que se pierden, las almas del purgatorio, mis huerfanitas todas y esta humilde Congregación, a quien tanto amo... No tardará el día, como lo espero, que haya una santa alma que la levante". Y anima a la Hermanas: "Llevemos nuestra cruz hasta el calvario, por tantas desgraciadas almas [sin la gracia de Dios]... pidamos por los pobres sacerdotes extraviados y por el mundo entero".

Aún en su ancianidad, a los 73 años de edad, aflora con fuerza la tentación de liberarse del cargo de superiora general e irse a un convento. El 28 de mayo de 1948 escribía a la Hermana María Luisa, persona de su confianza:

"Dejemos que Dios haga su voluntad. Me siento sin fuerzas...¡Qué encanto si pudiera irme a un convento a pasar mis últimos días! Siento una sed insaciable de esto, ¿qué hacer? Dios dirá". Tanto llegó a apremiarla esta inquietud, que solicitó permiso a la autoridad eclesiástica del momento y la respuesta fue contundente: "Ni pensarlo"; pero además consoladora, según consta en archivo.

A la misma Hermana le escribe: "Llevaré mi cruz hasta el calvario". "La sagrada comunión me da fortaleza, y la esperanza de que pronto termine mi destierro, me anima a llevar mi cruz hasta el fin" (E. 1936)

Gobernó su congregación durante 60 años hasta los 85 de edad (1960), sólo siete años antes de fallecer con fama de santidad. Con su muerte triunfó la esperanza.

En el capítulo anterior, al tratar sobre la frase síntesis de su espiritualidad, "calvario y altar, cruz y eucaristía", me detuve en la faceta "cruz", El presente capítulo está dedicado a la eucaristía como su carisma distintivo.

"Si conocieras el don de Dios y quién es el te dice "dame de beber" tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva...El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua hasta la vida eterna". El texto que presento corresponde al icono de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob, en Sicar (Cf Juan 4, 5 y siguientes). El encuentro "junto a un pozo" es tema de la literatura patriarcal. En el A.T. las corrientes de agua son símbolo de la vida que Dios da (era mesiánica). En este momento identifico a la samaritana como la humanidad sedienta junto al brocal del pozo donde Cristo, fuente de aguas vivas, le ofrece la salvación, no sólo como agua, sino como el "don de Dios" por excelencia, el don de la vida eterna.

En la eucaristía, Cristo se hace "comida y bebida de salvación". La institución de la eucaristía se inserta en el marco de una comida, de la cena pascual. Cristo es el cordero pascual de la nueva Alianza, sacrificado, inmolado. (I Cor 5,7). En la última cena, los dones que Cristo presenta no son meros símbolos; es la entrega de su propia persona como don de salud: "Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Éste es mi cuerpo que va a ser entregado por ustedes... De igual modo, después de cenar tomó el cáliz diciendo: Éste cáliz es la nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por ustedes... Hagan esto en memoria mía". "(Lucas 22, 19 - 20) (*)

La presencia eucarística de Cristo bajo las especies de pan y de vino, es un misterio polifacético: es sacrificio, cena, alianza, memorial, vínculo de unidad, pan de vida eterna, anticipo del cielo, cuya celebración y recepción exige de los cristianos las mejores disposiciones. A este propósito es interesante la doctrina de san Pablo en su Primera Carta a los corintios cuando expone: "Porque yo recibí del Señor lo que os he trasmitido... Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor... Examínese cada cual... Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles..."(11, 23-30)

Si preguntamos a la Madre María de San José acerca de la grandeza de la eucaristía, nos responde:

"...aunque quisiera, nada sé decir de mi adorable Jesús; sólo sé sentir...Cuando uno medita un rato sobre la adorable eucaristía, se queda el alma adormecida, gustando y abismándose en ese adorable sacramento. En verdad, no sé qué decir de este mí Jesús... ¡Quién me diera pasar mi vida adorándolo noche y día". (E.1922).

Reflexiona con admiración: "¡La Eucaristía! David la llama el compendio de las maravillas de Dios; santo Tomás, el mayor de los milagros, nuestro Padre San Agustín, el término de la omnipotencia de Dios, y éste habló más alto que todos. ¿Qué diré yo, amante esposo? Digo con San Agustín: La omnipotencia de Dios no puede hacer mayor milagro: en la adorable eucaristía está la omnipotencia divina" (sin fecha).

Para formarse una idea de lo que significó la eucaristía en la existencia de nuestra Madre María, baste recordar que durante diez años consecutivos, desde los 24 hasta los 34 años de edad, fue la comunión su único alimento, el único [inedia o ayuno absoluto]

Sus escritos están impregnados de esta unción eucarística. Selecciono algunos párrafos:

* Sólo donde está el Santísimo Sacramento, está la verdadera felicidad. ¿Podrá hallar el alma consuelo, sin tener la dulce unión, esa unión íntima con la adorable eucaristía? Podrá permanecer sin derramar abundantes lágrimas por la ausencia de aquél que es todo nuestro consuelo, que es todo nuestro amor, que es todo nuestro alimento? No, mil veces, no. Sólo tú puedes satisfacer el hambre que me devora, la sed que me abraza... Sí, amado esposo, adorable Hostia, Misterio augusto, prisionero del amor, sólo tú (1906).

* Sí, Hostia divina: rompe, rasga mi corazón y hazme tuya, toda tuya, y tu sangre divina se derrame sobre mi pobre alma, purifícala, que nada quede en mí que no sea tuyo sólo (1919).

* ¡Cómo quisiera no tener más ocupación que adorarlo día y noche en el augusto sacramento! (sin fecha).

* Al estrecharte en mi miserable corazón durante la sagrada comunión, me ha parecido oírte muy claro: Hija mía, yo soy el pequeño de Belén, el adolescente de Nazaret, el querido de Betania, el Amor de Cenáculo, el triste de Getsemaní, la victima del calvario, la resurrección misma, soy tu Dios. ¡Oh, Jesús mío, cuán encantador eres! (1943)

* Hostia adorable de mi Primera Comunión, Hostia santa de toda mi vida, sé siempre mi fortaleza, mi esperanza y mi todo hasta la muerte, hasta el cielo, que espero por tu misericordia. (1954)

* Yo quiero ser Señor, el alma arrepentida,
que al pie de tu sagrario rinda por ti la vida.
yo quiero ser el alma que muera por tu amor,
yo quiero ser el velo que cubre tu copón,
y quiero ser la esclava que implora tu perdón (sin fecha)

Algunas de sus experiencias eucarísticas, las anota así:

"¡Qué prodigio he podido ver hoy por vez primera: Siempre que recibo a mi dulce Jesús, lo contemplo como en el pesebre de Belén, en brazos de su Inmaculado Madre. ¡Me gusta tanto recibirlo así pequeñito!. Pero hoy 19 de Diciembre de 1922, ha pasado por mí una cosa sobrenatural.

¿Lo podré decir, Jesús mío? Lo escribo sólo:
"He podido contemplar a mi Hostia divina después de la comunión, como en un ostensorio sobre mi corazón; si no es ilusión, más de un cuarto de hora lo he visto con los ojos de la fe, y casi podría asegurar que también con los del cuerpo. Lo que me sucedió, no puedo, Jesús mío, explicarlo. Hace ya un mes de esta inmensa gracia y no se aparta aquel día de mi memoria".

"Qué de encantos, Jesús mío, he sentido hoy 6 de Junio (1923) al recibirte, qué paz y qué dulzura has dejado sentir a mi alma en la sagrada comunión! Al recibirte, me pareció verte, amado de mi alma como un niño que llegando a l regazo maternal se abraza a su madre y duerme tranquilo. Como siempre pido a mi querida Madre que sea ella quien prepare mi alma para recibirte, y conociendo en verdad lo miserable de mi corazón, se esté conmigo hasta que las especies sacramentales se consuman. Por eso, hoy te vi llegar a los brazos amorosos de tu Madre y dormirte tranquilo, y ¡qué paz tan grande dio esto a mi alma! Bendito seas, mi Jesús, bendito seas!".

Para la Madre María , Jesús Hostia representa el motivo dominante de su vida y su quehacer. Es más, es su sol, su vida misma: "¿qué sería del mundo sin ella? ¿Cómo pueden vivir sin recibirlo las almas? ¿de dónde obtendrán fuerzas no alimentándose con su cuerpo, que es la vida eterna?". Ella prefiere "mil muertes antes que dejar de recibir a Jesús Eucaristía un solo día". En torno a la eucaristía elabora y armoniza su visión de fe. Es como su clave de lectura de todo el evangelio, criterio básico que guía e ilumina todas sus opciones. Es su universo espiritual en el que avanza hacia la configuración con Cristo Redentor, meta y plenitud de santidad para gloria del Padre. De tal forma su espiritualidad está centrada en ella y connaturalizada con ella, que todo lo ve y lo juzga a la luz de este misterio: La oración, la contemplación, la Iglesia, la misión, las fundaciones, el destino de los pueblos. Hasta los fenómenos místicos están enmarcados en este contexto.

Durante la celebración eucarística en la Plaza de San Pedro en Roma, con motivo de la beatificación, el Santo Padre Juan Pablo II declaró:

"En el marco de esta espléndida síntesis de la verdad revelada - cuarto domingo de Pascua - nos detenemos ahora para reflexionar sobre la espiritualidad de los siervos de Dios que hoy son proclamados beatos... La beata María de San José Alvarado Cardozo descubrió desde muy niña el amor a la Eucaristía, en la que encontró el CARISMA DISTINTIVO DE SU ESPIRITUALIDAD... Su amor ilimitado a Cristo eucaristía la llevó a entregarse al servicio de los más necesitados, en quienes veía a Jesús sufriente" (7 de mayo de 1995).

En las conclusiones del Congreso especial en Roma sobre sus virtudes, se lee: "Elemento característico de su espiritualidad - carisma distintivo de toda su personalidad religiosa - fue un amor ilimitado a Cristo Eucaristía, vivido y practicado en espíritu de reparación e inmolación".

"La eucaristía es ciertamente la devoción por antonomasia en su espiritualidad. Más se trata de una devoción que es adoración, consagración, ardor de unión, referencia de todos los deseos del alma, fuente de contemplación y de felicidad. Se podría afirmar que la eucaristía es el Sol de esta alma elegida. Sus horas felices son aquellas que pasa en adoración, toda absorta y como extática. Sus horas tristes son aquellas en las cuales por ausencia del sacerdote, no puede comulgar. Con Jesús eucaristía, ella se ofrece víctima de expiación por los hombres. Con ella vive la vida de esposa en virginidad" (Voto IV).

Sí, es cierto que nuestra Madre María es una contemplativa del "dulce y querido Prisionero del amor"; que él forma sus más puras delicias" y es su "cielo en la tierra". De ahí que no contenta con sus prolongados tiempos de oración y adoración eucarística, durante toda su vida estableciera su oficina de trabajo en un local contiguo a la capilla a fin de permanecerle más cercana aún físicamente. Y por la misma razón pidió ser sepultada junto al altar del Santísimo, para que desde allí "aún sus huesos continuaran alabándolo".

Bien conocido es el gozo que para ella representaba todo cuanto se relacionara con la eucaristía: En primer lugar, la santa misa diaria constituía para tan privilegiada alma un verdadero banquete espiritual; las exposiciones de la divina Hostia; los Congresos eucarísticos, las Cuarenta Horas, las primeras comuniones; la elaboración y distribución gratuita de las hostias, porque "fabricar hostias, decía, es multiplicar comuniones" y ¡qué delicadeza en esta labor! Sin embargo, todo ello, no es más que la expresión, la exteriorización del inmenso y ardiente amor eucarístico que la consume y la impulsa a identificarse con el Amado: "Que aprenda a amarte mucho y a dar mi vida por el amor eucarístico". "Que aprenda a amarte mucho, no con los labios, sino identificándome con Vos".

El 6 de junio de 1923, día en que es regalada con una visión eucarística, nuestra Madre María escribe:

"Hace algún tiempo (desde 1920) siento un deseo muy grande en mi alma y oí que me pedías algo más. Comprendo que ese algo era el que me ofreciera como VICTIMA para reparar los ultrajes que sufres y recibes en el adorable Sacramento, y por la conversión de mis queridos pecadores. Desde el día que formalmente lo hice, se me quitó lo que sentía en mi interior".

En este día ratifica así su ofrenda:
"¡Oh, Jesús mío!, aunque indigna de ofrecerme como víctima, lo hago con todo mi corazón... Héme aquí dispuesta a lo que tu quieras . Tú eres el sacrificador, héme aquí en tus manos. Bien sabes que no soy sino una pequeña alma; no poseo más que una gran voluntad de trabajar mucho por reparar y salvar. Tú harás lo demás".

Este acto heroico sacrificial, expiatorio, se repetirá en diversas oportunidades entre los años 1928 a 1960, cuando ofrece su vida por la Iglesia, por Venezuela y por su Congregación religiosa. Esta faceta amerita un comentario:

Jesucristo es a la vez "sacerdote, víctima y altar", entregado a la muerte por adelantado en la eucaristía. Este es el sacramento del sacrificio de Cristo y a la vez el sacramento de la caridad, de la unión en su Cuerpo, su Cuerpo Místico. Por la eucaristía el cristiano entra en comunión con el sumo Sacerdote, Jesús, siempre vivo en estado de víctima incesantemente ofrecida al Padre. San Pablo afirma: "Suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo" (Col, 1,24)

Para un alma elegida, ser víctima espiritual con Cristo, significa ser llamada por él a participar de manera especial en su misión redentora mediante los sufrimientos, a expiar por los pecados ajenos. De ahí que la víctima elegida debe ser pura, como ofrenda de amor cristificado para bien de muchos. Según lo revelado en su propio relato escrito, la Madre María, ante la invitación de Jesús, a semejanza de la Virgen Madre por excelencia, dio su "SI". En la carta a los romanos leemos: "Os exhorto, hermanos por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual" (12, 1).

Así vemos a nuestra Madre María viviendo en interioridad de amor, el aspecto kenótico de la Pascua: encarnación, pobreza, anonadamiento, obediencia hasta la muerte (Filip 2, 5-11); de ahí que le atraiga tanto el misterio de la encarnación en el que ve a Cristo anonadado igual que en la eucaristía. La salvación de las almas, le apremia: "¡Ay, Dios mío! ¡qué grande es el valor del alma! ¡Cómo quisiera evitar la pérdida de tantos que te ofenden! Espero que nos salvarás a todos en la sagrada llaga de tu costado, puerta abierta, en esa roca del divino amor, que guarda el adorable sacramento de la eucaristía" (E. 1956). "Meditando la grandeza de tu amor en el adorable sacramento y de cómo arde esa llama que ha encendido a tantas almas en ese fuego divino, siento santa envidia de ellas que, como el oro en el crisol supieron acrisolarse en el sufrimiento y en el amor, la santa caridad" (E. 1951).

Todo esto, a mi entender, no es más que una ratificación de aquel querer vivir "entre el calvario y la eucaristía", de "hacerse" eucaristía en el Amado. Utilizo la simbología del pan: El símbolo del "pan de vida" empleado por Jesús en su predicación (Jn. 6,34), pasó a ser realidad sacramental. Por la consagración eucarística, el pan se convierte en Cristo. Cristo es el Pan de Dios, Pan de vida eterna. El pan, alimento cotidiano y común, evidencia un proceso significativo. Es la semilla desgranada, triturada, amasada y cocida al fuego. Así procesado, es ofrecido como alimento que, una vez consumido y asimilado, se transforma en vida. Igual podría decirse del vino. Más que de "devoción" eucarística de nuestra Madre María, debe hablarse de su "vocación" eucarística, de su carisma, según se desprende de todas sus manifestaciones: Dejarse triturar, amasar y ser sometida a la acción del fuego del Espíritu, en una dimensión de HOSTIA con Jesús y como Jesús, "acrisolada en el sufrimiento y en el amor, la santa caridad". En su ardiente comunión con la Hostia divina y en la configuración progresiva con ella, aprendió a darse en "comunión" como pan de amor fraterno, porque "quien dice que ama a Dios y no ama a sus hermanos, es un mentiroso" (1 Juan 4, 20)

Es fácil deducir pues, por qué la caridad fue la más grande virtud de nuestra Madre María, desde una actitud de profunda humildad y anonadamiento en Cristo.

A manera de síntesis, las notas eucarísticas de su espiritualidad son: Inmolación, anonadamiento, humildad, pobreza, obediencia, reparación, silencio, acción de gracias, alabanza, adoración, intercesión, comunión fraterna, caridad.

¡Cómo anhelaba que el mundo entero ardiese en este amor eucarístico!. "Mi gran Padre Pío X - escribió en una nota sin fecha - a quien mucho amé y amo por su amor a la adorable Hostia... Ojalá todos los Papas, arzobispos, obispos y sacerdotes encendieran el mundo en el amor de este divino Sacramento!".

Porque la eucaristía "es la vida de las almas", desde los orígenes de su Congregación, insiste y no descansa hasta obtener de las autoridades eclesiásticas las requeridas licencias de entonces para instalar en sus comunidades el divino Sacramento. Su correspondencia escrita así lo avala. ¡Es que no podía admitir una comunidad religiosa sin la presencia del "Amor de los amores". "Teniendo a Jesús Sacramentado, lo tenemos todo".

En relación a las fundaciones, es una auténtica misionera de la eucaristía en medio de los pobres. Junto a la beneficencia y a la evangelización, les lleva la presencia eucarística: En las crónicas fundacionales escribe: "Fue bendecido el Hospital (Antituberculoso Padre Cabrera) de los Teques e instalado el augusto Sacramento de nuestros altares, PARA ALIVIO DE LOS POBRES Y CONSUELO DE SUS ESPOSAS" (1919). Ya se aproxima el gran día en que un sagrario más podemos ofrecer al celestial esposo. YA LAS PENAS Y LAS POBREZAS, serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable eucaristía" (1942)

Conviene pormenorizar en relación a algunas costumbres comunitarias en la cotidianidad:

* ¡Cómo nos enseñaba en ellas el respeto, la reverencia y la delicadeza con Jesús Sacramentado!

* El no permitirse conversaciones en la capilla ni perturbar la oración de las que en ella se hallaban.

* El silencio en los locales adyacentes a la capilla donde el Santísimo estaba expuesto.

* El mantenerse un tiempo prudencial en acción de gracias después de haber comulgado.

* Las visitas al Santísimo y las comuniones espirituales.

* En los actos de comunidad en la capilla comenzar con esta invitación: "Avivemos nuestra fe en LA presencia de Jesús Sacramentado", es decir un acto de fe orientado a recordar que en esa Hostia está Jesús vivo.

* El canto del Alabado al iniciar las recreaciones comunitarias cada día: (*)

Alabado sea el Santísimo
Sacramento del altar
y María concebida
sin pecado original.
María, madre de gracia,
madre de misericordia
en la vida y en la muerte
ampáranos gran Señora.

Hazme pura esclava vuestra
fiel ESPOSA de Jesús;
hazme amante al sacrificio
y abrázame con la CRUZ (bis).

Obviar el enfoque de este aspecto tan sustancial en la espiritualidad de nuestra beata María de San José, significaría un error imperdonable pues sería sustraerle un exquisito sabor, ya que - según su propia afirmación, no sólo por escrito, sino en cinta grabada de 1966 - se consagró como "esposa" al Dios de su corazón adolescente y en adelante vivió esta realidad hasta consolidarla en la vida religiosa

Desde el siglo II por lo menos, las vírgenes fueron estimadas por los fieles como verdaderas esposas de Cristo. En el voto se contenía una verdadera declaración del espíritu, de esas que FIJAN PARA SIEMPRE LA DIRECCIÓN DEL AMOR. "Prefieren - escribe Tertuliano en su obra Ad uxorem - celebrar su matrimonio con Dios, dedicar a él su belleza y consagrarle su juventud. Con él viven, con él conversan, con él se hallan en trato continuo noche y día. Asignan a Dios como dote sus oraciones y de él obtienen siempre que quieren, sus gracias como verdaderos dones de esposo".

En la historia de las vírgenes cristianas de la iglesia primitiva, se relata el caso de la virgencita ASELA, quien al cumplir 12 años adquirió ocultamente la túnica humilde de las vírgenes y después de ofrecer a Cristo su voto de pureza, se presentó a sus padres con la vestidura ya irreformable de su nueva profesión. Las leyes romanas señalaban los doce años como la edad apta para contraer matrimonio ¿Por qué no había de bastar ese mismo tiempo para elegir el mejor de los esposos, en cuya elección no había peligro de errar? Y ¿no fue ésta, espiritualmente, la idéntica actitud de Laura Alvarado?. Ella misma declara que a los 13 años ante el altar del Santísimo Sacramento, renunció a sus pocas joyas y a sus amados crespos para entregarse totalmente a él, su amado. En relación a esta renuncia del ornato, San Jerónimo (S. IV), reafirmaba a la virgen DEMETRIADES el cambio que el voto de virginidad había de introducir en sus pasadas costumbres: "Cuando pertenecías al siglo, le decía, amabas lo que es propio del siglo, dabas blanco de nácar al cutis de tu rostro, coloreabas de rosa tus mejillas (...) Nada quiero recordar de los costosos pendientes de tus orejas (...) Ahora que has renunciado ya al mundo, guarda el compromiso que juraste y permanece fiel".

En cuanto a la relación de la virginidad con las obras de misericordia, en los primeros documentos eclesiásticos se destaca al momento. Los cuadros descriptivos más detallados referentes al ejercicio de las obras de misericordia de las vírgenes, son propios de las regiones orientales, y los detalles más minuciosos de esta misericordia nos lo ofrece la segunda de las epístolas pseudoclementinas. Es decir, que a la virginidad consagrada siempre estuvo vinculado el ejercicio de la caridad.

Las circunstancias indujeron a la Iglesia a mayores exigencias en relación a la consagración de las vírgenes. San Basilio suponía que bastaba la edad de los dieciséis o diecisiete años para ofrendar a Cristo la virginidad. En el siglo V quedan definitivamente deslindadas dos fases de ésta. Al altar de los desposorios ninguna joven habría de llegar sino después de varios años, en que con gesto inequívoco de fortaleza, mereciese recibir solemnemente de manos del obispo el velo virginal de la profesión (veinticinco años requeridos para la profesión definitiva).

En el libro del Cantar de los Cantares, o Cantar por excelencia, según los doctores judíos el amor de Dios por Israel y el del pueblo por su Dios, es interpretado en sentido alegórico como las relaciones entre dos esposos. Es el mismo tema del matrimonio que los Profetas desarrollan desde Oseas: Oseas vive y anuncia la alianza de Dios con Israel como alianza matrimonial. Jeremías califica a los dos reinos separados como esposas infieles de Yahveh (3, 6-13), y equipara la alianza con el matrimonio entre Dios y su pueblo (31,32). En Ezequiel 16 y 13, se pinta drásticamente la imagen del adulterio por la apostasía de Dios y el retorno a la idolatría. Los antiguos autores eclesiásticos siguen idéntica línea; pero la alegoría se convierte en ellos en la de las bodas místicas de Cristo con su Iglesia.

En el nuevo Testamento (2 Cor 11,2) el apóstol Pablo como padre espiritual de aquella comunidad de Corinto, les escribe: "Os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo". En la carta a los efesios, (5, 21- 33), el autor establece un paralelo entre el matrimonio humano y la unión de Cristo con la Iglesia: a Cristo se le puede llamar "esposo" de la Iglesia porque es su Cabeza y la ama como a su propio cuerpo, como sucede entre marido y mujer. El simbolismo empleado hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, donde como ya quedó señalado, Israel aparece con frecuencia como esposa de Yahveh.

En el libro del Apocalipsis se nos presenta un simbolismo nupcial ya desarrollado: En 19, 7 y siguientes, la esposa, que es la Iglesia del cielo, se ha engalanado para las bodas del Cordero. En 22, 17-20 clama juntamente con el Espíritu por la vuelta del esposo para que la lleve consigo a las nupcias eternas. Según 21, 2-9, la Jerusalén que desciende del cielo, es la comunidad de salvación "ataviada como una esposa que se engalana para el esposo". "La novia, la esposa del Cordero".

En el antiguo Oriente, la novia después de bañada y adornada, era presentada al prometido por los invitados a las bodas. En el caso místico de la Iglesia, Cristo mismo es quien purifica a su prometida mediante el baño del bautismo; la hermosea con su gracia. De análoga manera, el esposo Cristo cubre de dones y virtudes a su esposa María de San José "vistiéndola de perlas y brocado", regalos que ella sabrá cultivar con amorosa fidelidad.

A ella podemos aplicar las palabras de Dios dirigidas a Israel por boca de Isaías en un contexto nupcial: "Yo te he llamado por tu nombre. Eres mía y yo te amo... En las palmas de mis manos te he grabado y tus muros están sin cesar ante mis ojos". "Canta himnos de alabanzas y júbilo, porque tu dueño y esposo es el Señor. El hace de rubíes tus almenas, tus puertas de cristal y todo tu recinto de piedras preciosas".

"Importancia particular tiene el significado esponsal de la vida consagrada que hace referencia a la exigencia de la Iglesia de vivir en la entrega plena y exclusiva a su esposo, del cual recibe todo bien. En esta dimensión esponsal de la vida consagrada, es sobre todo la MUJER la que se ve singularmente reflejada, como descubriendo la índole especial de su relación con el Señor". (Juan Pablo II, La Vida Consagrada, N° 34)

La virginidad por sí misma no constituye, al igual que la pobreza y la sumisión, un valor cristiano. Aún cuando fuese elegida libremente con vistas a un fin noble cualquiera, por laudable que sea, difiere de la virginidad consagrada a Dios. ¿Qué elemento fundamental otorga a la virginidad la capacidad de convertirse en lazo de unión tan especial que engendra un enlace NUPCIAL con Jesús en un sentido nuevo? Desde el punto de vista ascético, en cuanto continencia bajo voto, constituye sí, un medio eficaz para una unión más estrecha con Dios, aunque no necesariamente "nupcial", ya que en este sentido, la pobreza y la obediencia gozan de igual condición de medios.

La "pertenencia a Dios con corazón indiviso", ciertamente es la renuncia, no sólo a la esfera de lo sensual, sino a la comunidad de amor y vida del matrimonio, en la que el corazón es fácilmente absorbido por la persona amada. Sin embargo, no sólo el corazón, sino la vida entera, puede quedar dividida por cierta bastarda inclinación al dinero o a otros bienes inferiores. En tal caso, la persona "dividida" no será más que un "servidor", jamás una esposa.

La virginidad cristiana es un misterio de amor sobrenatural, al que se atribuye una significación análoga a la del matrimonio humano, aunque incomparablemente superior. ¿Cuál es la esencia de la relación nupcial entre los seres humanos? De todas las formas humanas del amor, el conyugal es el más profundo e íntimo. Es la persona misma del otro el tema específico de la relación como don de sí. En el amor nupcial, las dos personas viven una para la otra: se hacen "uno".

El misterio representado por el sacramento del matrimonio en cuanto relación de Cristo con su Iglesia, se expresa aún más directamente por la virginidad consagrada a Dios puesto que, como la Iglesia, la persona consagrada está "desposada" con Cristo. Ese matrimonio "sui géneris" con Cristo, ¿dónde radica?

El "estado de perfección" en la Iglesia tiene una relación especial con esa unión "nupcial" en una Forma de vida que tiende especialmente a ella mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que ya Laura observaba desde su inicial consagración privada. Ello representa un "dejarlo todo por Jesús"; pero a diferencia de los otros dos, el voto de castidad no equivale simplemente a "prometer algo a Dios", sino que la persona "se entrega a sí misma", se "consagra a Dios", en la Iglesia, lo que constituye el matrimonio con Cristo

El factor que modifica profundamente la virginidad, le imprime forma propia y la convierte en sede de un valor completamente nuevo, es la CONSAGRACIÓN A DIOS. El corazón del elegido es conquistado, seducido por un bien superior al del matrimonio humano: Es pertenecer a Dios de una manera específica "por el reino de los cielos" (Mat 19, 11), es decir, a causa de Dios mismo, envuelto en la conciencia de un llamamiento objetivo de Jesús. Es preciso la llamada directa del Esposo celestial, pues sólo él puede invitar a tales bodas. La respuesta debe ser una opción libre, deliberada y por amor. Es, lo que en el orden de los motivos, transforma de hecho a la virginidad en virginidad consagrada a Dios. Pero no basta. Así como el matrimonio humano es la forma objetiva y específica del amor conyugal, de la misma manera el voto de virginidad en la Iglesia es la expresión orgánica de su amor y el medio de hacer objetivo (e irrevocable en los votos perpetuos), el vínculo interior de amor con Dios.

Laura Alvarado Cardozo, de hecho no aprendió en los libros la profundidad y belleza de estos misterios, sino que los "vivió" en absoluta disponibilidad al Maestro de los maestros: el Espíritu Santo. Por eso, anheló ser religiosa.

El 13 de septiembre de 1903, fecha de sus votos perpetuos, deja asentado en sus escritos: "Oh, grandioso día, en el cual me consagré para siempre a mi dulce Jesús, a mi amado Esposo: ya nada me separará del Amado de mi alma; ya he hallado a Aquél que tanto anhelaba mi corazón. Ya soy toda tuya y tú todo mío, oh, amor mío Sacramentado. ¿De dónde a mí tanta dicha? ¡Ah, buen Jesús! Del inagotable raudal de ese vuestro amoroso Corazón".

Desde Caracas, el entonces subdiácono Hilario Cabrera Díaz, le escribe una extensa carta en la que se expresa así: "¡Felices instantes! El Señor os ha escogido ya por su esposa... Jesús se ha desposado con vos para siempre, ¡cuánto amor de parte de Jesús ¡Cuánta felicidad la vuestra! ¡Salve, esposa muy amada del Dios oculto del Santo Tabernáculo! ¡Salve, Hermana! Me asocio a vuestros castos regocijos..."

Esta fecha será recordada por ella de modo especial como su desposorio oficial. En 1938 escribe: "Día grande y de dulces recuerdos, 13 de septiembre de 1903! Mis santos votos perpetuos públicos, pues mucho ha los había pronunciado en aquel apartado rinconcito de mi amada iglesia parroquial. Hoy como en ese venturoso día, soy muy feliz. Gracias, esposo mío".

Virginidad consagrada sin amor, no tiene sentido alguno. A este propósito san Agustín dice en su Enarrat. in Psalm. 99: "Si sois vírgenes, ¡de qué os sirve una carne intacta, si el espíritu está corrompido? Más vale un matrimonio humilde que una virginidad orgullosa". Y podría agregarse "o egoísta", encerrada en sí misma, sin irradiación afectiva y efectiva.

La consagrada a Dios no es una verdadera "sponsa Christi" más que cuando su vida es una realidad de amor, en primer término a Cristo, fuente de amor, y al mismo tiempo en una participación mayor en el amor de Jesús a todas las criaturas, y no sólo al "prójimo", sino a personas determinadas, a seres humanos en su individualidad concreta. Este amor no conoce límites en intensidad y en profundidad, sino solamente en el modo, porque el amor de la consagrada es en Jesús y con Jesús; de ahí que sea mucho más puro que cualquier otro amor. La vocación de una esposa de Cristo es, pues, amar. Cuanto más estrechamente viva unida al Dios Amor, tanto más sabrá amar. No hay que ocultar el peligro en el que renuncia al matrimonio natural por Cristo, del endurecimiento del corazón, de cierta apatía o de esa especie de "esclerosis" afectiva que sólo puede evitarse en la vivencia plena y gozosa de una auténtica fidelidad a la persona de Cristo.

Los números 16 y 18 de nuestras constituciones basadas en la doctrina renovadora del Concilio Vaticano II, y entrelazados con una alusión a nuestra Madre fundadora, expresan: "La renuncia al matrimonio, lejos de conducirnos a una actitud egoísta expande y purifica nuestra potencia afectiva, y por la íntima alianza con el Señor, se convierte en fuente de fecundidad espiritual y nos asocia a la acción de la santísima Virgen en la Iglesia". " La vivencia de la castidad consagrada como amor esponsal, es gracia llamada a un continuo crecimiento", y permítaseme agregar: de un interminable florecimiento espiritual en el reino de Cristo. La sublimidad de esta vocación presupone pues, el evitar toda compensación mediante bienes inferiores, por nobles que estos sean, ya que se cuenta espléndidamente con la ayuda sobrenatural y la presencia siempre operante de Cristo, que transforma la existencia en "sacramento" de su propio amor. De aquí se derivan importantes consecuencias como la fecundidad espiritual, el valor intrínseco del apostolado como misión (solo puede hablar de Dios quien lo lleva en sí), y el testimonio esperanzador de una vida eterna feliz en Dios.

Todo lo anteriormente expuesto, intensamente vivido por nuestra Madre María, es la razón fundamental del inefable gozo y felicidad que respiran sus escritos. No admitía "medias tintas"en el amor al Esposo Jesús, ni espíritus taciturnos crónicos, mezquinos, en su servicio: Debemos servir al Señor con alegría, por amor, como esposas, no como siervas. De ello nos dio ejemplo.

En los Ejercicios espirituales de 1918 lo expresa así:

"Dulcísimo Esposo de mi alma: desde hoy quiero serviros con vuestra ayuda, no como esclava, por temor, ni como mercenaria por la recompensa, sino como esposa fidelísima, pues las esposas sirven por amor".

Fue esta su constante motivación: "Por amor y en espera del cielo" no sólo para sí, sino también para sus religiosas. En este punto fue muy exigente:

"Que el amor de Jesucristo - escribía a una Hermana - embargue todo su ánimo y ocupe todo su corazón. ¿Por qué robar ni una sola partecita del amor que sólo a él debemos? ¿por qué no amar a la criatura sólo por el Creador? Cuando el amor de Jesús y de Jesús Sacramentado ocupe todo nuestro corazón, entonces experimentaremos felicidad completa y tranquilidad en el alma". A otra Hermana escribía: "Ame mucho a su esposo, sea toda de él y sólo de él: las criaturas hoy son y mañana... nada! Hay que apartar todo lo que nos aparta de Dios; que nuestro corazón sea de él, sólo y sólo de él".

En conversación ocasional, la opinión de un especialista de que "Laura hubiese sido una esposa ideal", me indujo a relacionar esta afirmación con la de una reconocido autor cuando escribe: "Cuanto más profunda es en el alma la huella del carácter de esposa aún en el sentido terreno, más capaz es de convertirse en "esposa de Cristo".

De aquí se desprende también, lógicamente ese don divino de la maternidad espiritual que caracteriza a quienes amando entrañablemente a Cristo, lo dan a luz para la humanidad, en íntima comunión con la Iglesia Madre y en analogía con la singular maternidad divina de María por obra del Espíritu. "Esta misma Virgen en su vida, fue ejemplo de aquel afecto materno, del que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan para regenerar a los hombres" (LG, 65)

El ideal de la santidad es gracia divina que exige permanente y progresiva respuesta por parte del cristiano en la práctica de las virtudes bajo la guía del Espíritu Santo. Es ésta una de las características de la Madre María: su continua ansia de perfección, de siempre "más", que la impulsó a desarrollar una tenacidad y perseverancia admirables. "Quiero ser santa, pero santa de verdad", decía. Este "querer" se hizo vida en ella y se plasmó en todos sus escritos.

En 1920 escribe:

"Quiero trabajar con este fin muy mucho , aunque me costare la vida. Sí, quiero, a fuerza de vencimientos, alcanzar las virtudes que tanto necesito para agradarte... No quiero sino amarte mucho". (E. 1920)

En el Congreso peculiar sobre virtudes, los censores teólogos opinan:

"Los escritos espirituales [de la Madre María], ofrecen una clara imagen de la no común estatura espiritual de la sierva de Dios y de su continuo esfuerzo por tender a la perfección cristiana. De hecho, analizando sus escritos, se aprecia sin dificultad el continuo avance en el camino de la santidad" (Voto VIII). " La continua búsqueda de la perfección se nota en la severidad con la cual se juzga, lamenta su escaso progreso, renueva sus propósitos de enmendarse y de combatir lo que ella llama su "pasión dominante", esto es la impaciencia" (Voto IV). Otro censor añade: "No todo fue fácil y monolíticamente perfecto para Laura Alvarado, después Madre María de San José, desde el inicio, desde su infancia. Las dificultades provenientes de su fuerte carácter en el ejercicio del gobierno de la naciente Congregación, fueron vencidas con la práctica verdaderamente heroica de las virtudes junto a la ascesis, a la oración y a la penitencia... Lo que cuenta es la fuerte y firme voluntad de "ser santa" o como ella dice: esposa de Cristo, sierva de los pobres y sierva de Dios" (Voto V). He aquí su mérito.

En este arduo empeño sufrió fuertes y constantes tentaciones y embates del Enemigo, como ocurre con toda persona que de veras quiera servir a Dios. El Enemigo acecha. Por eso Jesús en la oración del padrenuestro nos enseñó a pedir: - No nos dejes caer en la tentación.

Sabemos que no todas las tentaciones que el hombre padece, proceden del demonio. Unas tiene su origen en la propia concupiscencia, que le atrae y le seduce (Sant. 1, 14). Con todo, muchas tentaciones proceden del Maligno, envidioso del hombre y soberbio contra Dios.

Expresa y claramente consta en la divina revelación: "Revístanse de la armadura de Dios para que puedan resistir a las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas" (Efes 6, 11-13). Y san Pedro invita a ser sobrios y a vigilar porque "el diablo, vuestro adversario, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar" (1 Ped 5,8). También el Hijo de Dios, Jesús, fue sometido a la tentación en el desierto, dándonos ejemplo de cómo hay que enfrentarla y vencerla (Luc 4, 1-14). Dios permite que seamos tentados por nuestros enemigos espirituales a fin de darnos ocasión de mayores merecimientos; pero jamás "permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas" (I Cor 10, 13); antes bien, nos auxilia y fortalece.

En este contexto, nada de extraño resulta el que nuestra Madre María haya padecido los ataques del Maligno hasta en los últimos momentos de su vida, ya que la fe, la experiencia y la lógica nos enseñan que a extraordinarios designios de Dios sobre un alma, corresponden extraordinarios asaltos del Enemigo.

El apóstol Santiago afirma: "¡Feliz el hombre que soporta la tentación! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman" (1, 12)

¡Lejos de ella consentir en algo que mancillara la diafanidad de su alma!

Padeció tentaciones contra las verdades de la fe, la esperanza de la vida eterna, dudas sobre la salvación de su alma. Sus testimonios escritos son elocuentes y a veces conmovedores por la inenarrable perturbación que producían en su espíritu, todo de Dios, cuyo único temor era perderlo:

"No temo a nada, sino desagradar a mi Dios, y tiemblo ante el pensamiento de perder a Aquél que ha sido mi único amor y mí única esperanza; pero si así lo merecen mis pecados, acepto gustosa y contenta el cumplimiento de la divina Justicia" (Carta si fecha).

Uno de sus más agudos sufrimientos, están expresados en sus escritos: "¿Cómo puedo desesperar de mi salvación a la vista de mi crucifijo y de su sangre vertida por mí? ¡Dios mío! Ella me inspira confianza: vuelvo mis ojos a ti y hacia tu Madre y mía" (1906). "No saber si soy digna de amor o de odio [por parte de Dios], esto me aterra. Tengo gran confianza en tu misericordia infinita, que cuanto más lo medito, más inmensa la veo" (1927). Ante el acoso de la tentación, reacciona con actos contrarios de fe, de confianza, de humildad, de amor.

En 1932 escribe: " Me he preguntado qué haría si tuviera la certeza de no ser predestinada para el cielo... Me lleno de espanto ante este pensamiento, pero os digo Jesús mío, que si no lo fuese, os amaría y serviría hasta la muerte, con la misma fidelidad que si por revelación divina, supiera era predestinada para el cielo". "En días pasados - confiesa en 1938 - tuve una de aquellas tempestades en que veo todo el infierno como desencadenado, ¡qué horror! ¡Ay! me parece que tú me has abandonado; no, de ningún modo: tu gracia y el auxilio de mi adorada Madre de pureza, me libran de tantas tempestades".

Se deja ver que el ataque del Maligno era frecuente: en 1943 escribe: "Hoy he sufrido una de ésas que el Enemigo me trae siempre... Bien sabes, Esposo mío, que no quiero desagradarte en nada y que, antes mil veces morir, lo deseo con toda mi alma".

Tales tentaciones y "tempestades" como ella las llama, no hacían sino purificar su virtud y arrojarla dulcemente confiada en los brazos de su Dios, Padre y Esposo: "¡Qué dulce es ir confiada, después de la lucha, al Amor de los amores!"



Las presentes exhortaciones fueros escritas para sus hijas espirituales, para las Hermanas; sin embargo, por su exactitud y vigencia y por el espíritu que destilan, pueden ser de utilidad para cualquier cristiano en su vida de fe.

* Podemos servir al Señor con alegría; no quiero verlas tristes.
* No olvidéis que debéis aspirar cada día más y más a la perfección.
* Que cada una trabaje mucho por llegar a la cima de la perfección; que sepamos corresponder generosamente a tantos beneficios.
* Hay que corregirse y trabajar en la santificación y adelanto espiritual.. Manos a la obra y ¡adelante!
* No hay que desanimarse: adelante y aprenderá con los golpes, la gran virtud de la santidad... No está la perfección en saber mucho, sino en saber dominarnos.
* Sirva a Dios con amor y gran fidelidad y tendrá seguro el cielo... El tiempo vale lo que la sangre preciosa de Jesucristo nuestro Señor. Así que, aproveche el tiempo.
* El tiempo se nos ha dado para trabajar, la eternidad, el cielo para descansar.
* Sepamos corresponder a tan insigne favor siendo humildes, caritativas, observantes de nuestras santas reglas y constituciones sirviendo fiel y generosamente a nuestro buen Dios.
* Preguntan cómo le ha ido. Cuando se trabaja por Dios y por la salvación de las almas, va bien dondequiera. El todo es estar unidas en la verdadera caridad.
* Salís a cumplir vuestra misión, vais adonde os lleva el esposo de vuestras almas, y debéis ir muy contentas porque vais cumpliendo su adorable voluntad.
* Como en todo debemos ver la soberana voluntad de quien todo lo puede, no debemos vacilar ni un solo instante en cumplirla con alegría.
* Obedeced, callad y haced en todo la voluntad de ese Dios a quien amamos en la divina Eucaristía.
* Cante y piense en el cielo que nos espera...Así es que, a animarse para saber amar a Dios con todo nuestro corazón y nuestra alma.
* A las novicias: Atesorad mucho, muchísimo, para vuestra vida religiosa, para ese porvenir que os aguarda, para ese cielo que os espera si perseveráis hasta la muerte. Trabajad sin descanso en esta vida de luchas: el cielo, la posesión de Dios os espera.
* Desearía verlas a todas muy santas y perseverar hasta el fin.
* ¡Adelante y siempre adelante, amadas hijas! No olviden que esta tierra es para trabajar y el cielo para descansar y gozar eternamente; que las cosas por grandes que sean, son nada en comparación de la eternidad feliz que nos espera; que el mundo, aunque mucho ofrezca, nada puede dar.
* Al solo pensamiento de aquella patria celestial debiera parecernos nada las cruces, las tribulaciones, en fin, cuanto tengamos que sufrir en este destierro, ya nos vengan por manos de las criaturas, ya directamente de Dios, pues que todas vienen de lo alto.

Este aspecto tan importante y acentuado, fue captado así por uno de los teólogos censores de Roma:

"Su esperanza teologal no se manifiesta sólo en los ardientes deseos de poseer al Señor [en el cielo], sino que viene acrecentada por las mismas dificultades, por las pruebas interiores que no le faltan, y por todo aquello que ella considera faltas o imperfecciones".

A un joven sacerdote muy querido para ella y ausente de la patria, le escribe: "Nada te parezca duro en esa hermosa vida, nada te amedrente; que tu amor a la Inmaculada Madre y al Dios de la Eucaristía llene todo tu corazón. La tierra para trabajar hasta morir; el cielo para gozar por toda la eternidad. ¡Qué esperanza tan encantadora! ¡Cómo se siente uno fortalecida con el pensamiento en el cielo! ¡Adelante... y siempre adelante"!

Claramente puede observarse que la esperanza del cielo constituyó para nuestra Madre María - contemplativa y activa - un fuerte acicate, una espoleante motivación en todas las manifestaciones de su vida. Como lo revela en carta al padre Ángel Latorre, agustino recoleto, fue "su secreto".

Dice así: "La Madre María tiene un secreto para poder sobrellevar todo lo que se le presenta y que Dios le envía, y es pensar que el cielo se acerca, que todo tiene su término en esta vida de penas e ingratitudes. ¿No le parece al Padre Ángel muy consolador?".

En 1926 escribe: "¡Qué rareza! Ya me ha pasado tres veces: en un instante, como dos segundos, me imagino que estoy en posesión del cielo. Yo experimento un gozo y rareza celestial (...); es grande, pero muy corto".

Al tratar de las virtudes, presento la opinión de uno de los censores teólogos que en forma sintética ofrece una visión completa de esta realidad: "Ejercitó las virtudes teologales, morales y afines en plena fidelidad al carisma del Instituto, en grado heroico" (Voto I). Es una aseveración a manera de conclusión, obtenida no sólo del exhaustivo estudio de su vida y de sus escritos personales, sino además de la unánime declaración de los testigos. Las virtudes teologales - fe, esperanza y caridad, - constituyen la base y fundamento de todas las demás virtudes cristianas. Ellas establecen relación inmediata con Dios y nos unen a él como Bienaventuranza eterna y Verdad infinita.

Las virtudes morales en general, son entendidas por la teología como aptitudes connaturales que se desprenden de la práctica de las virtudes teologales. San Pablo las denomina "fruto del Espíritu" (Gál 5, 22). Las cuatro virtudes así llamadas "cardinales": prudencia, justicia, fortaleza y templanza, vienen citadas en el Libro de la Sabiduría (8,7). Para nuestro Padre San Agustín, las virtudes cardinales son el punto de arranque y el quicio que sustenta el cortejo innumerable de virtudes cristianas. De la misma manera que un vicio o pecado arrastra consigo diversidad de vicios y pecados, así la virtud nunca está sola, aislada. En quien se propone vivir un estado de perfección y de pureza, florecen por la sobreabundancia de la gracia - aunque en diverso grado - incontables virtudes que se relacionan entre sí.

En el capítulo 5 de San Mateo (1,16), se nos presenta a Jesús Maestro proclamando las Bienaventuranzas: Felices los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los que tienen hambre y sed de justicia, los pacíficos, los perseguidos por causa de la justicia, porque de todos ellos es el Reino de los cielos. En este discurso inaugural, Cristo expone el nuevo espíritu del Reino de Dios. Todo un programa de santidad.

Las virtudes que con particular relieve se destacan en nuestra Madre María, son aquellas derivadas de su íntima comunión con la Eucaristía: Caridad, humildad y pobreza.

Se ha dicho que la caridad es la "reina de las virtudes", entendida como amor a Dios y al prójimo. Es la virtud más excelsa.

En el capítulo XII, versículo 28, de San Marcos, se narra la escena del escriba que interrogó a Jesús sobre cuál es el primero de todos los mandamientos, a lo que el Señor le respondió: "El primero es: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos". Y San Pablo declara que en el cumplimiento de estos dos mandamientos se encierra toda la Ley y los Profetas. San Agustín nos exhorta: "Ama y haz lo que quieras", porque quien ama hará la voluntad del amado. Quien ama a Dios con la totalidad que expresa el primer mandamiento: "con todo el corazón, con todas las fuerzas", ¿qué puede querer, sino lo que Dios quiere?.

Una sola es la fuente de este amor a Dios y al prójimo: El Espíritu Santo "derramado en nuestros corazones" (Rom 5,5). En este sentido refiriéndose a la Madre María, uno de los teólogos censores escribe: "Los escritos espirituales de la sierva de Dios, evidencian este inconmensurable amor a Dios. Habla de Dios como una enamorada, y su lenguaje es propio de un alma contemplativa, o mejor de un místico" (Voto IX).

Toda su existencia no es más que un canto de amor y gratitud al Señor, en una viva esperanza y anhelo de eterna posesión.

Esta vida en el Espíritu cuando es verdadera y profunda, nos introduce más auténticamente en el misterio del hombre; nos hace más cercanos y comprensivos, al mismo tiempo que nos capacita para intuir y descubrir la realidad y necesidades de los hermanos, como Jesús y María en las Bodas de Caná. "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, dice Pablo, no es de Cristo, porque sólo los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios" (Rom 8, 9 - 14), y por consiguiente hermanos entre sí.

"Si alguno tiene sed, dice Jesús solemnemente, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno manarán ríos de agua viva. - Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él" (Jn 7, 37 - 39). Y el espíritu es AMOR, es CARIDAD.

"¡Oh, sublime caridad! - escribió nuestra Madre María - sé tú el norte que guíe a nuestras Hermanas" (CT, 1906). Y aseguraba: " Las faltas de caridad fraterna provienen del poco amor de Dios".

A parte de sus obras benéficas al servicio de los más pobres, según el fin de la Congregación, su caridad fraterna se extendía a todos los hijos de Dios, sin discriminación. En cierta oportunidad, una de sus religiosas le dijo cariñosamente: - Madre, usted exagera. Dios nos manda a amar al prójimo como a nosotros mismos, y usted lo ama más que a usted. A lo que la Madre respondió: No, mijita: lo amo como él quiere que lo ame, como él ama. No sabemos cuánto ama Dios a esa alma. El "mandamiento nuevo" de Jesús es: "Amense unos a otros como yo los he amado". Y él "amó hasta el extremo", hasta la cruz.

Así lo entendió ella y así se esforzó en vivirlo. La Madre María se reconoce profundamente pecadora, pero también por gracia de Dios, poseedora de un corazón magnánimo, amplio, dispuesto a perdonar y a olvidar las ofensas por graves que fuesen. La caridad la cristifica y orienta. En su carácter de fundadora y madre general, será para ella la máxima expresión de la Ley, que la llevará a actuar evangélicamente con firmeza, seguridad y sabiduría.

No dudo en afirmar que la caridad unificó su espíritu y su vida toda: Fue la hija de Dios cuidadosa de agradarle hasta en los detalles, fiel a su voluntad. La esposa amante, que embriagada en amor divino, se veía inmersa en una atmósfera celestial, y a la vez, se comportaba como la mujer, madre y hermana solícita, obsequiosa y bien educada, tierna y femenina que sabía hacerse presente en las necesidades, apremios o circunstancias especiales de quienes la rodeaban: una felicitación, un estímulo, unas notas de gratitud o de condolencia; en ocasiones un simple y afectuoso recuerdo expresado por escrito, o una ayuda económica discreta y silenciosa, oportuna. En esto fue admirable. Una faceta importante de su caridad fraterna fue la actitud de acogida, de escucha, de aceptación del otro; y la de saber sembrar paz y alegría donde ella se hacía presente.

Algunas opiniones de los teólogos censores en Roma - como las siguientes - resumen nítidamente cuanto esta virtud significó en su camino de santidad:

"La caridad, practicada desde niña, es la virtud que acompaña a la fe y la esperanza, y también ésta fue vivida sin duda alguna en grado superlativo por la sierva de Dios (...) Caridad hacia Dios y hacia el prójimo, hacia sus Hermanas; caridad vivida neutralizando las dificultades de su carácter - que a veces pudieron aflorar y hacerla sufrir - con fuerte confianza en Dios, con humildad, con constancia: además, la bella prueba que da de sí en los últimos años de su vida, no ya superiora general, Hermana como las otras, es de relevancia".

"La caridad, vivida siempre más en la explícita unión con Dios, fue también una participación suya en el amor de Dios mismo a todos sus hijos (...) Como este amor divino es el móvil de la oblación de Cristo como víctima expiatoria de los pecados, así la participación de este amor en su alma, era sentida por la sierva de Dios como una necesidad de reavivar continuamente su propia caridad hacia el prójimo, sobre todo hacia los pecadores y hacia aquellos que con frecuencia son víctimas de los pecados de otros. El amor por los pecadores y el deseo de expiar por ellos para obtener su conversión, es un motivo constante en sus escritos y en las conversaciones con las Hermanas".

Ejemplos y testimonios de caridad fraterna en la vida de la Madre María, abundan y sobreabundan. La caridad entrelaza su existencia toda según queda señalado.

No deja de impresionarme fuertemente el hecho de que si bien los sacramentos son todos acciones de Cristo, el bautismo y la eucaristía - los dos sacramentos que marcan la espiritualidad de la Madre María - nacieron del corazón de Cristo en la cruz, cuando atravesado por la lanza, de él "brotó sangre y agua" (Juan 19, 34). Esta parece ser la visión joánica. De allí brotó el amor de Dios a través de la humanidad de su Hijo, a través del corazón roto, "en el agua y en la sangre, y en la primera de Juan (5, 7), se dice: "El espíritu, el agua y la sangre son los tres que dan testimonio" de ese amor salvífico de Dios. En esa fuente bebió abundantemente la Madre María, sació su sed y enseñó a saciarla.

Las así llamadas tradicionalmente "obras de misericordia" (espirituales y corporales), como un aspecto práctico de la caridad de la fraterna, fluyeron de su vida a manos llenas. ¿No iba a ser así, si en cada prójimo reconocía a un hijo de Dios?. Uno de los censores teólogos del Congreso especial sobre virtudes, concluye así: "Toda la vida de la sierva de Dios estuvo en hechos, y no sólo en palabras, indivisiblemente en caridad hacia Dios y hacia el prójimo" (Voto II).

Es interesante preguntarse qué lugar ocupa hoy esa virtud que se llama HUMILDAD, en nuestra sociedad, en nuestra ambiente. Que interpretación se le concede, y cuál es realmente su naturaleza, su identidad como virtud netamente evangélica, cristiana, cuyo maestro y modelo es Cristo. "Aprendan de mí, dijo Jesús, que soy manso y humilde de corazón" Y agregó: "y hallarán descanso para sus almas"(Mt 11,29).

Muy lejos, por tanto, de cualquier idea que exprese espíritu o sentimientos serviles, a base de temor o adulación rastrera; lejos de asemejarse o confundirse con el llamado "complejo de inferioridad"; lejos de ser una cualidad de temperamentos o espíritus encogidos, apocados; al contrario, la humildad como antes señalé, es un valor evangélico fundamental, campo de lucha permanente, propio de espíritus fuertes, de fe robusta y dueños de sí. Se contrapone a la soberbia, a la altivez, a la autosuficiencia y a la arrogancia. "Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes". La humildad es condición para entrar en el reino de Dios, reservado a los pobres, a los que se hacen como niños, que no alardean de sus obras, sino que reconociéndose totalmente dependientes de Dios, lo esperan todo de él; que se declaran pecadores, necesitados de la misericordia divina, de su perdón y gracia.

Toda la vida de Jesús lleva el sello de la humildad, pues habiéndose encarnado en la bajeza del hombre, renuncia a su propia gloria (ser igual a Dios), para que mediante su humillación, Dios sea glorificado y el hombre salvado.

Caridad y unidad; pobreza y humildad andan juntas. Jesús pide no solo humildad delante de Dios, sino también servicio humilde a los hermanos, al prójimo. En algunos catálogos neotestamentarios de virtudes, la humildad es presupuesto de la caridad, del amor. En la escena del lavatorio de los pies durante la última cena (Jn 13, 12 - 15), el Maestro exige esta actitud de humildad para entrar en comunión con él y tener "parte en su gloria". La humildad de Jesús abre a sus discípulos la posibilidad de practicar la humildad unos con otros. "Ejemplo os he dado", les dijo. Y el ejemplo es un acto a menudo más eficaz que las normas y las leyes.

En cuanto a la humildad que caracterizó a la Madre María de San José, elegimos algunas opiniones de los teólogos censores en el congreso especial sobre su vida y virtudes:

"Los escritos de la Madre María son un testimonio de la humildad interior de la sierva de Dios, que está a la raíz y es la fuente de aquellas formas externas de humildad, que tanto impresionan a los testigos, los cuales en sus declaraciones citan con particular evidencia esta virtud: humildad en las palabras, en el comportamiento, en la huída de toda forma de honores, en la búsqueda del ocultamiento, en la aceptación de las observaciones, en el conocimiento de las propias limitaciones, en el ejercicio de los más humildes servicios en la comunidad religiosa".

"... Puesto que estas amargas confesiones (de sus faltas), van habitualmente acompañadas de fervientes gracias y alabanzas a Dios, debemos decir que nos encontramos ante aquellas "confesiones" que constituyen la expresión de la humildad de los santos, los cuales, en el profundo conocimiento de la santidad de Dios y de la propia bajeza y miseria, llegan a medir la distancia abismal que existe entre la grandeza de Dios y la nada de la criatura; entre las divinas perfecciones y la radical pobreza del hombre".

"... Frente a la experiencia de su radical pobreza, no encuentra motivo de abatimiento, sino que se lanza a una esperanza más fuerte y pura, rica de fe y de abandono en el amor misericordioso de Jesús".

A pesar de que la Madre María claramente agradece a Dios el no haber cometido durante su vida faltas deliberadas, se siente al mismo tiempo miserable pecadora, que sólo cuenta con los méritos infinitos de su Esposo y los de la Santísima Virgen, madre amantísima, refugio de pecadores. Sólo Dios es el autor de todo bien: sólo a él la gloria y la alabanza. Ella no es más que una criatura llena de imperfecciones, la última de sus esposas. Con San Agustín repetía: "¿Quién será el necio que pueda atribuirse a sí lo que no puede hacer sino la gracia divina?".

"Mi vida ha pasado siempre escondida, haciendo el bien (si lo he hecho), deseando que sólo Dios sea testigo, sólo él, sin esperar aquí en la tierra recompensa...Sí, Jesús mío, bien me conocéis: nada soy, nada puedo. Si hago algún bien tú sólo eres el autor: todo es tuyo, de mí sólo tengo pecado, miseria y la nada... Hacedme amar la humildad, que yo desaparezca, "que me conozca para aborrecerme y a ti para amarte" como dijo nuestro gran Padre San Agustín". (Escritos, noviembre 1943).

"Busque el tesoro de la humildad, que sin ella y los sufrimientos, no hay cielo" (Cartas, 1958).

"No nos ha dicho nuestro divino Salvador: - Aprended de mí a hacer milagros ni grandes cosas; sólo se limitó a decirnos con gran encarecimiento: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, más nada. Y nuestro Padre San Agustín nos dice: ¿Preguntas qué necesitas para ser santo? Se humilde; para ser muy santo, sé muy humilde y para ser santísimo, se humildísimo" (Carta sin fecha).

"Sin la humildad, no podemos llegar a la perfección."

Pedía a Dios: "Enseñadme a amarte, a ser humilde; sobre todo la humildad, ¡cuánto la necesito! Tú lo sabes y todos cuantos me rodean saben que no tengo ninguna virtud". (Escritos, 1922).

Íntimamente relacionada con la humildad, la pobreza evangélica "se opone a la soberbia y el egoísmo, al ansia de poseer con exclusión de los otros". Ella "manifiesta que Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo, es expresión de la entrega total de sí que las tres divinas Personas se hacen recíprocamente... La profundidad de la pobreza de Cristo se revela en la oblación de todo lo suyo al Padre" (Cf. Vida Consagrada, N°s 21 y 22).

Cada familia religiosa en la Iglesia conserva su estilo propio de vivir la pobreza. No es lo mismo la pobreza de un dominico que la de un hijo de San Francisco, por ejemplo.

¿Cuál fue el estilo de pobreza de nuestra Madre María de San José?

A mi modo de ver, no fue otro que aquel que vivió y formuló en su Regla nuestro Padre San Agustín: Todo cuanto ella se contiene está ordenado a la caridad, al bien común. "... de tal modo - escribe Agustín - que en todas las cosas que utiliza la necesidad transitoria, resplandezca la caridad que perdura" (Reg. V, 2). "Es mejor necesitar poco que tener mucho" (Reg. III, 5)

La actuales constituciones congregacionales rezan: Nuestra vida de pobreza debe ser "de hecho y de espíritu, esforzadamente sobria y desprendida de las riquezas terrenales" (II, 19).

Nada de lujos; nada de cosas superfluas, ¡ni siquiera en apariencia!

Aparte de la renuncia a la propiedad de bienes temporales y de la sobriedad en su uso, a nivel personal e institucional, existen otros elementos muy importantes como son el espíritu de trabajo y la disponibilidad en el servicio; el abandonarse confiadamente en las manos del Padre Celestial y "aceptar con paciencia y hasta con alegría la falta de lo necesario" (Const. de 1931, XI, 34).

Llama la atención el equilibrio, la dignidad observada por nuestra Madre en el ejercicio de esta virtud. Por sobre todas las cosas, la caridad con el prójimo, con sus Hermanas. Sí, todas debían estar dispuestas al sacrificio; pero las encargadas de proveer de lo necesario debían ser diligentes. En algunas de sus cartas lo recomienda expresamente: que las Hermanas se alimenten bien; que no se derroche, pero que tampoco se prive de lo necesario. Le gustaba y exigía la buena presentación de las personas a su cargo, de lo cual ella misma daba ejemplo. Lo necesario y modesto. ¿No fue así la vida ordinaria de Jesús?. Si no está presente la caridad, ¿de qué sirve la pobreza? ¡Pura mezquindad!

A mi juicio, y apoyada en la experiencia de vida en la Congregación junto a nuestra Madre María, fue éste el estilo de pobreza que ella imprimió en su familia religiosa. Otros grados de mayor radicalidad externa, ya entrarían en el ámbito de lo individual, como respuesta a una exigencia peculiar por parte de Dios.

Dado que para nuestra Madre María, el bautismo revistió especial significación en su vida, elijo tomarlo como punto básico en el enfoque de su amor a la Iglesia. Entre los diferentes modos como Dios se nos comunica, están los sacramentos, y de ellos el sacramento base es el BAUTISMO; sobre él asientan los demás sacramentos y constituye el comienzo de la vida cristiana, la puerta de la Iglesia. San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios nos dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar sino un solo cuerpo" (12, 13). El bautismo nos hace criaturas nuevas; es un nuevo nacimiento en Cristo, a quien desde entonces pasamos a pertenecer.

Es interesante constatar que nuestra Madre María de San José, desde 1900 inicia sus escritos espirituales con una acción de gracias por su bautismo y una renovación del mismo, y sobre éste, como roca firme, levanta todo el edificio de su espiritualidad, en época en que este sacramento aún no había sido revalorizado, como hoy.

Anualmente por esta fecha (13 de Octubre), celebra su bautismo con un retiro, en el que da gracias a Dios y a la santísima Virgen por haber sido admitida a la Iglesia de Cristo como hija de Dios; por haber sido "alistada a la falange cristiana". Y no contenta con agradecerlo, actualiza su bautismo mediante la renovación de las promesas bautismales.

En 1928, el 13 de octubre, ofrece su vida por Venezuela, y en 1936 declara:

"Para mí este es un día muy grande, porque conmemoro el feliz día en que fui admitida por el santo bautismo a la Iglesia. Soy hija de la Iglesia, y por tanto, estoy dispuesta a dar mi vida por defenderla. ¡Cuánto sufro, amado Jesús, al ver los desastres del comunismo!... Felices almas que han dado su vida por la fe".

Este amor a la Iglesia se tradujo en obras, en actitudes de filial afecto, sumisión y veneración al Sumo Pontífice, a las autoridades eclesiásticas; a los sacerdotes, a quienes favorecía, no sólo con su oración, sino con generosas y oportunas ayudas económicas, según sus posibilidades. La sumisión a dichas autoridades estuvo siempre subordinada a la voluntad de Dios.

Una anécdota a manera de ilustración de lo expuesto:

En la década de los 50, una Hermana joven, al entrar a la oficina de la Madre María, la encontró escribiendo una carta de rodillas. Ante la extrañeza de la juniora, nuestra Madre parcamente susurró: - Escribo al Santo Padre.

En los acontecimientos significativos de la Iglesia, estaba ella presente mediante afectuosas y reverentes cartas de felicitación, de adhesión, de solidaridad, a quien correspondiese.

Conservamos un escrito suyo que titula: Protesta ante el Santísimo Sacramento:

"Tomo la resolución de perseverar siempre invariablemente adicta a la Santa Iglesia, al Soberano Pontífice, centro de la unidad católica, Pastor universal y Padre espiritual de todos los creyentes. Veneraré en él al Vicario de Jesucristo, y puesto que conozco las tribulaciones que le hacen sufrir, (las) de muchos de sus hijos; puesto que sé cuánto gime en vista de los inmensos males que afligen a la Iglesia, tomaré parte en sus dolores, como toma una hija en las desgracias de su padre y de su madre. Me esforzaré en dulcificar sus penas cuanto me sea posible; en consolarle con mi afecto, y sobre todo, en unir mis oraciones a las de tantas almas piadosas, que no cesan de suplicar al Señor en unión de la santísima Virgen, a fin de que ilumine [convierta] con su divina gracia a los enemigos de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y nos dé la verdadera paz". (Sin fecha)

"El que ama a la Iglesia - dice San Agustín - posee el Espíritu Santo".

De cara a la misión apostólica, la fundación de la Congregación junto al Padre López Aveledo, es una obra trascendente que durante cien años ha hecho presente a la Iglesia en medio de los pobres mediante cuarenta fundaciones de obras benéficas (dos no llegaron a consolidarse), enriqueciendo al Cuerpo místico de Cristo, ante todo con la vida de santidad evangélica, y derivados de ella, el testimonio y la evangelización directa e indirecta, más la catequesis, integrada en su misión peculiar. ¿Qué acopio de virtud y de gracia no se generó y se genera a través de estas comunidades de fe, de consagración, de oración y de misión?

Para entrar en los planes de Dios es necesario poseer una entrañable devoción a la Virgen María. Toda la grandeza de María arranca del hecho de su maternidad divina. Ella es madre de Cristo y madre de la Iglesia, de su "Cuerpo Místico", y por tanto su misión es conducirnos con toda seguridad a su Hijo, a la unión con él.

La gran devoción a la santísima Virgen, es una de las características en la espiritualidad de la Madre María de San José. Después de la divina Eucaristía, la Madre de Dios es su gran amor: "Y, ¿cómo no amarla, si ella, Madre incomparable, fue el primer tabernáculo donde estuvo el muy encantador y dulcísimo Jesús?... si es ella quien "nos ha dado el Cordero divino?".

El 16 de Julio se 1892 viste el escapulario del Carmen que llevará con afectuosa devoción toda su vida. Esta fecha representó especial significación para ella en cuanto a aquella invitación a consagrar su virginidad a Cristo. Y en la fiesta de la Inmaculada Concepción del mismo año, emite de hecho este "voto privado". En la unión y bajo la protección de María santísima, experimentó la invitación al amor esponsal con Jesús, fuente de tanta riqueza espiritual. María es su maternal protectora, modelo y guía; su dulce mediadora, en cuyos brazos amorosos se refugia como la "pobre hijita que se ve favorecida con gracias sin número" desde sus tiernos años. "¿Qué diré de mi incomparable Madre, la Virgen Inmaculada? Mi lengua enmudece ante tantos beneficios" (Escritos 1958).

Refiriéndose al mes de mayo escribe en 1959: "Desde pequeña sentí gran amor por este mes encantador: es el mes de mi Madre Inmaculada y el mes de la Santa Cruz. Desde mis primeros años he sentido un amor grande, y todo el mes de mayo la adornaba con encanto".

Junto a María, vive su fidelidad al Señor, y como ella, rebosando de gozo y gratitud, anhela ser un Magnificat viviente: "Quisiera vivir y morir cantando el Magnificat".

En el lenguaje bíblico, el Magnificat es el canto exultante de los humildes, de los pobres de Yavé personificados en María de Nazaret, la "llena de gracia", la virgen madre del Salvador del mundo. Viene recogido en el evangelio de Lucas 1, 46 - 55: "Engrandece mi alma al Señor..."

Es el himno gozoso de quien ama al Padre sobre todas las cosas y es fiel a su plan de salvación; que vive su radical entrega al Evangelio con sencillez y alegría, con la conciencia serena de su humilde condición de servidora y con la inconmovible seguridad en Aquél para quien nada es imposible; que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, en quienes realiza maravillas.

Fácilmente se deduce la profunda motivación que este cántico mariano despertara en el alma de nuestra humilde Madre María, la "Minimita" de Jesús, como ella gustaba autodenominarse. Desde la íntima y sincera experiencia de su pequeñez, reconoce la grandeza infinita de su Dios y Padre, y agradece profundamente las gracias que su bondad ha derramado sobre ella desde siempre. Por eso la vida temporal es insuficiente para alabarlo, y quiere glorificarlo en el tiempo y en la eternidad, cantándole gozosa en unión con María, su madre.

A este propósito, Su Santidad Juan Pablo II en la homilía del 7 de mayo de 1995, enfatizó:

"Su sólida piedad anclada en la Eucaristía y en la oración, estaba enriquecida por una tierna devoción a la Virgen María, cuyo nombre tomó y a quien emulada diciendo: - Quisiera vivir y morir cantando el Magnificat".

No se contentaba la Madre María con amar, venerar y agradecer a la Santísima Virgen. Se esforzaba por imitarla en su total entrega a Dios:

"Hoy, como siempre medité en tu humildad y demás virtudes que adornan tu virginal alma. Nada adelanto, Madre Mía ¡y te amo tanto! No sé cómo es este amor: el verdadero devoto tuyo, tiene que imitarte, y yo... estoy muy atrás" (Escritos 1935).

"Bendita seas Madre de Dios y dulce Madre mía. ¡Bendito sea mil millones de veces tu santo nombre! (E. 1953).

A ella, a la Virgen, encomienda sus anhelos de santidad; bajo su manto maternal se cobija en las tribulaciones y tentaciones. Diariamente la invita para que la acompañe a recibir a su Jesús en la comunión: "¡Qué hermosa y encantadora es la comunión en unión de esta dulce Madre! El que no lo ha experimentado no puede valorarlo"(Escritos 1927).

A la vez que se encomienda a su intersección, agradece a la Virgen su vida de pureza: "¡Oh, dulce Madre mía! Pide a tu divino hijo, mi celestial esposo, piedad para mi alma. El sabe que no quiero desagradarle en nada: Hasta hoy su infinita bondad me ha librado de hacer nada, nada, deliberadamente. Gracias, Madre mía. Bendecidme" (Escritos 1945).

Entre sus prácticas de devoción mariana están: el ángelus diario; la recitación constante del rosario y el mantener entre sus manos, según lo permitieran las circunstancias, una pequeña imagen de María.

Personalmente relaciono su compostura humilde, de mirada discretamente baja, modesta, con aquella que nos revela la actitud de María Santísima en la anunciación: "He aquí la esclava del Señor".

No podía faltar el aspecto kenótico. En las constituciones de 1906 escribe:

Tú eres, Virgen bendita
nuestra madre salvadora,
que al pie del madero santo,
fuiste [también] redentora".

Y finalmente, ¡al cielo con María!: "Madre mía, dame la santa perseverancia y fuerza para sufrir hasta llegar al cielo, mi único anhelo; para verte y poseerte con mi Jesús, en la amada patria, el cielo". (1944). Para el esperado momento de su muerte, pidió a las hermanas le cantásemos:
"Es más dulce tu nombre María", que a ella le inspiraba gran devoción.
Su letra es como sigue:

1.- Es más dulce tu nombre, María
que el arrullo de dulce paloma;
es más dulce que el plácido aroma
que en su cáliz encierra la flor.

2.- Al oírlo se postran los cielos,
goza el ángel y tiembla el averno,
complacido sonríe el Eterno
languidecen las almas de amor.

3.- Quien pudiera cual rauda paloma
del destierro volar de este mundo,
y surcando el espacio profundo
a tus plantas Señora, posar

4.- Qué no miras, oh, madre adorada,
de quien te ama en las luchas y penas;
rompe, rompe, ¡por Dios! Las cadenas
que a tu lado me impiden volar

A estas estrofas, ella agregó lo siguiente:

Rómpelas, Madre adorada,
y atendiendo de tu hija el clamor,
haz que pronto a tus plantas sagradas
mi alma llegue rendida de amor.

Hasta el momento he intentado escudriñar la vida espiritual de la Madre María de San José; su estilo de caminar hacia Dios como meta suprema, en medio de dones divinos y luchas por ser hija y "esposa fidelísima"; he identificado el eje de su constante ascensión hacia Dios y las principales virtudes mediante las cuales siguió a Jesús; criterios, valoraciones, aspiraciones y actitudes.

Se nos interpela ahora sobre cuáles fueron los temas preferidos de sus enseñanzas, recomendaciones y conversaciones. Es de advertir que su magisterio se centra fundamentalmente en su ejemplo de vida; fue ella misma en forma más bien silenciosa, elocuente y constante predicación. Y puesto que "de la abundancia del corazón hablan los labios" (Mat 12, 34), lógicamente de lo vivido emanan las enseñanzas prácticas. En general, sus conversaciones más frecuentes versaban sobre Dios y su providencia; la necesidad de cumplir su voluntad "santísima y adorable"; los intereses de la Iglesia y de la patria; las noticias mundiales y locales, así como sobre las vicisitudes humanas - tristezas, necesidades y alegrías - de quienes la rodeaban; todo lo cual se traduce en amor a Dios y al prójimo.

En cuanto a enseñanzas o recomendaciones escritas, he espigado alguna de sus cartas, crónicas fundacionales, normas y constituciones congregacionales, evitando en lo posible innecesarias repeticiones. Para el efecto, prefiero centrar en el enfoque en el aspecto vocacional y lo que ella expresamente anhela, recomienda o prescribe para su Congregación.

No disponemos de "tratados", ni siquiera de extensos documentos exhortativos. Su estilo es ágil y lacónico, a veces sentencioso; sencillo, profundo y en positivo.

Si de verdad intentamos sondear la pedagogía espiritual de nuestra Madre María, resulta fácil captar algunas características muy significativas:

* Escasa en prescripciones propiamente tales. Va más al "espíritu".

* Llama la atención el que en ningún momento expresamente exhorte a la guarda de la castidad, no porque le reste importancia, sino al contrario, por enmarcarla en una dimensión mas sublime, de entrega total.

* Cuando afirmo que toda su pedagogía es en "positivo", me refiero me refiero a que su interés se centra en animar a las Hermanas a la santidad; a la totalidad y radicalidad evangélica del amor al esposo divino; a la fidelidad alegre; a la virtud sólida y sincera de la caridad fraterna en la comunidad, todo ello alimentado por una auténtica vida de oración. ¡Cómo el Espíritu le daba a entender que bien asegurados estos pilares, todo lo demás, incluso la castidad, las zonas más profundas del ser, quedan integradas y equilibradas. Y su ¿motivación fundamental? "El cielo, la posesión de Dios nos espera".

* Corrige, advierte cuando es necesario, pero jamás desanima; alienta siempre: ¡Adelante y siempre adelante, amadas hijas! Es su constante consigna, semejante al grito de un general animando a su ejército en la lucha hacia el triunfo.

* A este propósito basándose además en las reiteradas ocasiones en que en sus escritos la vida para ella es un sinónimo de "batalla", de "lucha continua" a la cual "está avezada" y en el cual "nada la arredra", "nada la amedrenta", se me ocurre pensar que tal visión, aparte de lo que tiene de real, es factible que encuentre sus raíces más profundas, no sólo en su temperamento, sino además en la huella imborrable que marcó su infancia y juventud en medio del ambiente castrense de su hogar (su padre era general, igualmente su "padrino"), seguramente amigos de la familia y sobre todo, el clima nacional de guerrillas y contiendas políticas que rodeó su existencia.

* Clara, expresiva y concreta, no se va por las ramas. La máxima prioridad es la vida espiritual. Escribe así a las Hermanas: "Lo principal es que la vida espiritual vaya bien. Lo demás se lleva como Dios lo quiere" (C.H.M.L.); "Lo que deseo es que el espíritu esté bien y la regla bien observada" (C. a M.A.). "Le digo a nuestro Señor que no quiero dinero... lo que quiero son almas" (HML). "No las quiero "mujeres dando clase", las quiero religiosas. No pueden permanecer más tiempo ahí sin recursos espirituales".

* Hay que saber que la vocación es un don de Dios. El nos llama a su servicio y debemos atender a su llamamiento con alegría para ir a gozarle por toda la eternidad.

* Pidamos a Dios nos llene de su amor; que no pensemos sino en el cielo y seamos de él, pero en verdad, y las que van a entrar tengan verdadero espíritu de sacrificio.

* Pida a nuestro Señor la gracia de conocer bien su vocación y después la fidelidad en su santo servicio, para que así pueda bendecir siempre nuestro santo estado.

* La vocación verdadera, da fuerzas para todo. No deseamos sino almas verdaderamente de Dios, con espíritu de sacrificio para sobrellevar las pocas o ningunas penas de la vida religiosa; y abnegación: Somos muy pobres, nada tenemos y todo lo tenemos gracias a Dios.

* ¡Oh, vocación que hermosa eres!

* Están entrando muchas...pidamos que sean de buen espíritu.

* No tenga miedo de dar el SI eterno a quien se lo pide.

* Hay que ver todo venido de lo alto: Dios sabrá remediarnos y enviar almas de verdadero espíritu. Veremos lo que puede hacerse por el bien de esas almas.

* Cuando hay verdadera vocación, nada nos parece difícil de sobrellevar. Nuestro Señor y su santa Madre dan las gracias para todo, con tal de tener verdadero espíritu de sacrificio, ser muy obedientes y saber sufrirnos unas a otras.

* ....el servicio de Dios, el cual uno ve tan honroso, ya barriendo o arreglando el altar.

* Teniendo verdadera vocación, todo se hace fácil; espíritu de sacrificio y obediencia pronta es todo lo necesario para esta santa vida.

* No os debe importar todo lo demás si tenéis la dicha de servir a Dios.

* ...Haga rezar al Hermano X para que nos hagamos santas y nos traiga almas de verdadero espíritu religioso y bastantes.

* Nuestra humilde congregación es muy pobre... Las puertas están abiertas...Carácter fuerte o suave, eso lo tenemos todas, y el trabajo para dominar el mal carácter es trabajo de nosotras mismas, o sea, trabajo personal que, venciéndonos, alcanzaremos el triunfo.

Observaciones:

1. Al referirse a la VOCACIÓN RELIGIOSA, bien clara está nuestra Madre de que es un DON divino, al que hay que corresponder con alegría y por amor.

* Destaca la importancia de un buen discernimiento de la misma, para luego ser fiel y "bendecir a tan santo estado".

* ¡Qué hermosa es la vocación cuando es verdadera! No sólo da fuerzas para todo, sino que con la gracia de estado, "todo se hace fácil": Nada importa ante la dicha de servir a Dios; por eso es honrosa, independientemente de la actividad que se realice. No hay oficio bajo en el servicio de Dios, porque "servir a Dios es reinar".

* Llama la atención el que repita el término "verdadera": Vocaciones auténticas, decididas, conscientes y generosas.

* Como condiciones para esta vocación, acentúa: verdadero espíritu, abnegación, espíritu de sacrificio, obediencia y fidelidad.

* Estas vocaciones de "verdadero espíritu", en primer lugar hay que pedirlas a Dios; luego "ver en qué forma hay que ayudarlas". Total, que no es sólo obra de Dios ni solo nuestra. Hay que colaborar con Dios según su voluntad.

Dejaré que ella misma lo exprese:

* Mi deseo ardiente , el único que ha abrasado mi pobre corazón es el que sepáis amaros unas a otras... ¡cuánto os he amado y cuánto he deseado vuestra santificación!.. Amemos, pues, amemos a nuestras Hermanas...Amaos las unas a las otras.

* ¡Oh, sublime caridad, sé tú el norte que guíe a nuestras Hermanas!

* ¡Oh, Espíritu Santo! Llenad a nuestras Hermanas de tu amor. Dales la CARIDAD que tanto necesitan para saber amarse y sufrirse con amor. Danos a todas el verdadero espíritu de religiosas, y transformad nuestra humilde Congregación en una Congregación santa y muy humilde.

* Mi esposo divino y esposo de mis amadas hijas: Infúndeles la caridad. Deseo...mi deseo de 29 años: verlas a todas encendidas en la caridad más perfecta. ¡Ay, Mi Jesús!

* ¡Ay, Jesús mío, que trabajemos en verdad por nuestra santificación!

* Hijas de mi virginidad, ¡Cuánto las amo!... Dales, oh, mi Jesús, el verdadero espíritu religioso... son las hijas de mi corazón, ¡las amo tanto, Jesús mío! Acepta, te lo suplico el sacrificio de mi vida por el bien espiritual de las Hermanitas mías.

* Santa Teresa de Jesús, rogad por esta humilde Congregación, aún en pañales... Necesita almas de temple, espíritus dispuestos al sacrificio... Serafín del Carmelo, animad nuestras almas y enseñadnos las grandes virtudes que el celestial esposo os enseñó y que tanto necesitamos, sobre todo esta tu amante devota.

* Sin la HUMILDAD no podemos llegar a la perfección.

* El orgullo no le deja seguir la inclinación que el Divino Espíritu desea. Busque el tesoro de la humildad, que sin ella y los sufrimientos no hay cielo.

* Quiero, mi crucificado esposo, que todas mis hijas conserven en nuestra Congregación a través de los siglos, el recogimiento, gran silencio y mucha oración como preparación al gran día de la resurrección.

Conclusión:

En relación a lo que anhela o quiere para su CONGREGACIÓN, está claramente expresado: Quiere hijas "en verdad santas", de "verdadero espíritu religioso". "Cuánto he deseado vuestra santificación" Para alcanzar esta gracia ha ofrecido su vida en holocausto a Dios.

Y ¿cuál es el acicate de esta anhelada santidad? El amor indivisible a Jesús Esposo: "¡Pobre Jesús que parece no bastarle a algunas de sus esposas! Si él ocupara el corazón de un todo, NADA NOS DETENDRÍA EN EL CAMINO DE LA VIRTUD. Por eso debemos tratar de amarlo y mucho, para que solo él y él sólo ocupe nuestro corazón. Lo que pasa es que no amamos a Dios como debemos. ¡Qué grande es el amor de Dios!"

En sus cartas, insiste: "Toda de Dios hasta la muerte? ¿Mas fervorosa y más sufrida? Cada día debemos tratar de subir un peldaño más en la vida religiosa".

¿Qué virtudes desea que caractericen a su Congregación?.

La abnegación, la humildad y la caridad fraterna, como genuina expresión del amor a Cristo Sacramentado, "a quien debemos amar sin límites", como auténticas esposas.

Extraídas de cartas dirigidas a las Hermanas.

* A cada paso debemos dar gracias a Dios por tantos beneficios.

* A cada instante tenemos que bendecir al Dios tres veces Santo.

* No debe tenerse miedo cuando Dios está con nosotros. No sea cobarde. ¡Adelante!

* Sea mujer fuerte como la del Evangelio, nada de tonterías.

* Siga todo su corriente y nada nos desanime en la encantadora vereda de nuestro camino.

* Dígale que sin recursos espirituales no pueden permanecer ahí.

* No quiero sean mujeres dando clase: las quiero religiosas.

* Así debe ser: estudiando, no por obediencia, sino por Dios, por el bien de los niños y por su Congregación. No van a ganar ningún sueldo en esta tierra bendita, y digo bendita porque en ella ganaremos muchos méritos para el cielo.

* Es mejor tener un poco de calma, que hacer las cosas a lo pronto.

* Deliberando bien las cosas, con calma, paciencia y prudencia, puede hacer mucho bien.

* Es bueno, a mi pobre entender, no oir sólo a una, aunque diga toda la verdad que quiera.

* Si usted sabe hablar a solas con las Hermanas, ellas sabrán recibir las amonestaciones.

* Usted debe hacer lo que Dios le inspire: tantos consejeros la van a volver loca.

* A todo pecado, misericordia. La superiora debe ser madre.

* Hay que tener corazón de madre, no sólo para los niños, sino también para nosotras, [las Hermanas].

* Trabajemos con alegría y amor de Dios.

* No hay que asustarse por nada: Eso es cosa de "Ño demonio" y más nada.

* Pidamos la fidelidad hasta el último suspiro.

* Que no haga alarde de su saber, pues son dones de Dios.

* Bastantes defectos tenemos para estar criticando a los demás.

* Todo está muy bien así: Hermanas y superiora muy unidas.

* Todo pasa en la vida y ya llegará el término de todo. Aprovechemos las pequeñeces que el esposo nos manda. ¡Adelante, siempre adelante!

* No adelanta [en la vida espiritual] porque vive pensando en las tonterías que le hacen, pero no en lo que ella hace.

* Vamos a hacerle una guerra a las faltas de caridad. Dígaselo al confesor.

* ¡Qué encantadora es la unión! Dios las conserve en esa paz y unión que vi.

* Donde hay tantas de diferentes caracteres y educación, no me extraña que el mar levante sus olas. ¡Es natural!.

* No desperdicie [la ecónoma], pero dé lo necesario.

* Hable, mire que la tentación descubierta es vencida.

* Las Hermanas no son niñitas que debemos vigilar: cada una debe saber a lo que se ha comprometido.

* Lo que deseo es que todas vivan unidas en paz y tranquilidad.

* Trabajen como siempre, en paz y alegría.

* No me parece bien que reprenda delante de las demás. Lea el "Libro de las superioras" y verá cómo deben tratarse las Hermanas.

* Si nosotras las viejas, todavía no hemos adquirido la humildad, ¿cómo queremos que las jóvenes la tengan ya? ¡Imposible!

* Me gustaría que el trato para todas [las Hermanas] fuera menos fuerte.

* Le digo trate bien a las Hermanas y les proporcione buena alimentación.

* No hay que angustiarse ni mortificarse: estamos en manos de Dios, que es nuestro Padre y nuestro todo.

* ¡Adelante y nada de cobardías! ¡adelante y siempre adelante!

* No podemos vivir a nuestro querer y anchura. Así, no sé qué cielo esperamos.

* No hay oficio bajo en el servicio de Dios... Para algo servirán. Si no son teólogos, bachilleres o normalistas, servirán para barrer o cocinar.

* Que el amor de Jesucristo embriague todo su ánimo y ocupe todo su corazón.

* Algunas veces las caídas hacen mucho bien.

* Es necesario orar siempre. ¡Cuán gran ejemplo nos da nuestro Señor de la oración! Toda su vida mortal fue una continuada oración... y en el adorable Sacramento, ¿queremos mayor modelo de oración? Ahí ora continuamente en ese su estado de anonadamiento.

En las Prescripciones.

Dudé un poco antes de decidirme a tratar este punto, ya que podría juzgarse más acorde al plano jurídico. Sin embargo, mi propósito es extraer aún de este terreno el "espíritu" que de él rebosa.

1. En el documento fundamental que es la REGLA DE SAN AGUSTÍN, todo gira en torno a la caridad; las demás virtudes están en función de ella: "Unidas en un solo corazón y un alma sola en Dios".

2. En los primeros ESTATUTOS DE LA CONGREGACIÓN (1903), se puntualiza el carácter específico de la naciente Congregación, en una vida de auténtica pobreza, de fraternidad y de oración, al servicio de los más necesitados.

3. Estos Estatutos de 1903 recogen una nota muy peculiar de nuestra Madre y que ella nos lega como patrimonio: "El amor a la Eucaristía no debe tener límites en nuestros corazones; ellos deben abrazarse en ese fuego divino que arde sin jamás consumirse. Sí: amemos mucho a nuestro Dios Sacramentado"

En estrofa aparte repite la misma idea así:

"Amar mucho a Jesús Sacramento
debe ser nuestro mayor anhelo,
que si esto llegamos a alcanzar
seremos muy felices en el cielo".

4. Las primeras constituciones manuscritas, son más bien un manual de sencillas normas prácticas disciplinarias (recuérdese que aún no existía el Código de Derecho Canónico"). A título de ejemplo, una de estas normas rezaba: "Nos está prohibido tratar de linajes y parentelas para no faltar a la caridad con nuestras Hermanas".

5. En el texto constitucional de 1931, capítulo 13, se exhorta a: "observar estas constituciones y la Regla que rige a esta humilde Congregación, pero sólo por amor a Dios nuestro Señor, a quien se han consagrado con entera libertad". Este párrafo se observa en la constitución vigente precedido del versículo 13, capítulo 13 de la carta a los romanos: "El amor es la plenitud de la ley".

6. Para 1953, el capítulo X del texto constitucional, define como normas generales de la Congregación: "La intensa ley de la caridad y amor de Dios que el Espíritu Santo imprime en los corazones; los cánones de la Iglesia, la Regla de San Agustín como guía fundamental y las presentes constituciones".

Antes afirmé que la Madre María fue más adicta al "espíritu" que a las prescripciones. No se empeñaba tanto en éstas cuanto en aquél. "Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios" (Rom 5, 14).

Se me ocurre pensar que bien convencida estaba la Madre de la necesidad de que sus religiosas hicieran "vida" ese espíritu que ella quería inculcarles tanto con su ejemplo como con su constante motivación. El sentido moral y espiritual de la "apropiación", es hacer que un ideal, un estilo de vida a partir de una propuesta intrínseca, se vuelvan propios, como algo que me pertenece y nace de mí. Es el paso de lo nocional a lo real, lo cual exige todo un proceso de maduración personal.

En otras palabras, como sinónimo de apropiación puede hablarse de "percepción existencial", que indica que cuando he hecho mía una idea, una experiencia de Dios, no necesito que me lo impongan desde fuera. Sólo mediante esta vivencia profunda e íntima, la persona crece y madura hacia ascensos reales. Muchos se quedan en lo nocional, jamás llegan a interiorizar su fe, sus compromisos; de ahí la mediocridad. Para alcanzar estas metas y superar los numerosos obstáculos del camino, la Madre María se empeñaba en involucrar totalmente la conciencia de sus hijas mediante una auténtica vida de oración y del amor radical a Jesús Sacramentado.

Llamada por Dios a una providencial misión en la Iglesia de Cristo, Laura Alvarado Cardozo - Madre María de San José - es esa muchacha sencilla del pueblo de Aragua que, con sus defectos naturales y dotada de particulares dones humano - divinos, desde su infancia supo ir correspondiendo a la acción de la gracia sobrenatural, buscando cada vez mejor el rostro de Dios, quien a su vez, iba tomando posesión de su alma y de su vida hasta inspirarle en su adolescencia, el desposorio místico con Cristo Eucaristía. Esta alianza determinará el rumbo de su existencia y de su espiritualidad, otorgándole el carácter de carisma peculiar.

Ella es llamada en su juventud, "La Niña del Cristo"; más tarde, será según su propia expresión y convicción, "la esposa del Crucificado", Jesús, el mismo que por obediencia al Padre se encarnó en las purísimas entrañas de María Santísima, y que en un marco sacrificial por infinito amor a los hombres, se hizo alimento en la divina eucaristía y entregó su Espíritu desde la cruz. "Si alguno tiene sed, que venga a mí, clamó Jesús un día, y el que crea, beba, y de sus entrañas manarán ríos de agua viva" (Jn 7, 37 - 38). Fue precisamente lo que la Madre María realizó en su vida: Bebió sin cesar del costado abierto de Jesús crucificado, y alimentándose de él en la eucaristía, se asoció a su estado de víctima inocente ofrecida al Padre por la redención del mundo.

Su espiritualidad, pues, se patentiza eminentemente cristológica - eucarística. Se arraiga en el sacramento del bautismo, con profunda humildad de criatura que se experimenta "mínima" ante la abrumadora santidad del Altísimo. Se expresa en un ardiente amor a Jesús Eucaristía, que la induce a la práctica de la más sublime caridad. Identificada con él, desde la cruz de cada día, extendió sus brazos en actitud de amor fraterno, repartiéndose a todos como comunión de bondad y servicio, consagrándose particularmente a los más pobres en obras de beneficencia y de misericordia, personalmente y a través de su Congregación, nacida para este fin.

Junto al amor a la eucaristía, profesó tierna devoción a la Santísima Virgen María y profundo y filial amor a la Iglesia.

El hilo conductor de toda su trayectoria espiritual se identifica con el fiel cumplimiento de la voluntad del Padre Dios, animada siempre con una gozosa esperanza del cielo, y su constante, férrea, determinación de alcanzar la santidad.

Esculpido en lápida de mármol reposa ante el sarcófago de cristal que guarda el cuerpo incorrupto de la beata María. Data del mismo año de su muerte en 1967, y viene a ser como una especie de microsíntesis de cuanto hemos recorrido en este estudio.

Pese a que la firma es de "Padres agustinos", creo que corresponde a los recoletos, y su autor es el Padre Carmelo Lerga, ya difunto.

El texto es el siguiente:

Cristo Eucaristía fue el centro de su vida.
Bebió en la misma fuente
la santidad que trasmitió a sus hijas.
Su palabra suave y delicada,
llevó a consuelo y paz a los hombres.
Su vida, un servicio.
Su mensaje - testamento:
Unidos en Cristo
por una sincera caridad.

ITINERARIO ESPIRITUAL DE LA BEATA MARÍA DE SAN JOSÉ

IMPORTANCIA DE LOS ESCRITOS ESPIRITUALES DE NUESTRA MADRE MARÍA DE SAN JOSÉ.

Si bien es cierto que las obras externas nos inducen al conocimiento de una persona, no lo es menos el que las raíces más profundas de tales realizaciones se asientan y brotan de su interioridad. Y en el plano de la Fe, la persona habitada por el Espíritu Santo y en plena docilidad a su acción santificadora, se convierte en "santuario" que exige entrar en su intimidad "con los pies descalzos", es decir, reverentes.

En los presentes escritos de nuestra fundadora, seguimos el curso de la acción divina y a la vez la docilidad personal de la protagonista. Es como contemplar la huella de Dios sobre la blanda arena de su alma. ¿Nombres de tales escritos? Ella misma los denomina "afectos o más bien expansiones de mi alma" y en otro lugar habla de "mis impresiones de retiro". Estas "expansiones de su alma" manuscritas en 16 libretas, abarcan un período de 60 años (con algunas interrupciones), desde 1900 hasta 1960, cuando su escasa vista ya no le permitirá escribir. Le quedaba sólo un "rayito de luz". Escribió por obediencia al Padre López Aveledo y probablemente a partir de su profesión perpetua en 1903, pues para esta fecha da testimonio de que durante la preparación de ésta, "todo, todo lo consumió el fuego". No deja de llamar la atención el que hubiese conservado una nota de 1899 en relación a la conversión de su padre, agregando: "¿Qué no haremos por la conversión de un alma?". Esta nota constituye como el pórtico a sus escritos.

También es interesante constatar que el único manuscrito de 1900 corresponde al 13 de Octubre, día de su bautismo. Es un canto de gratitud al Señor "por ser hija suya y heredera de su gloria", y con este espíritu renueva sus promesas bautismales ante Jesús EUCARISTÍA. Providencialmente en la recopilación de sus apuntes, esta nota del BAUTISMO ha quedado como fundamento de toda esa edificación espiritual construida día a día.

"Estos escritos son el espejo del alma de la sierva de Dios: son el testimonio elocuente de su intensa vida de gracia, toda ella proyectada hacia la santidad" (Relatio et Vota Roma, 1991)




SINTESIS ESQUEMÁTICA POR PERÍODOS

DE 1900 A 1906:

* Fundamenta su espiritualidad en el BAUTISMO. Felicidad de ser hija de Dios y de la Iglesia.
* Anhelo permanente de Dios en el cielo, sin temor de perderlo.
* Sentimientos de profunda humildad. Se experimenta pecadora; pero confía en los méritos de Cristo Salvador.
* Trabaja en superar los embates de la sensibilidad. Quiere poseerse a sí misma ejercitándose en la paciencia y la mansedumbre.
* Espiritualidad esponsal: Ella es la ESPOSA dichosa, que quiere ser fidelísima en totalidad de entrega.
* LA EUCARISTÍA es TODO su amor, su fortaleza, su consuelo y su alimento. (Ayuno absoluto: se alimenta sólo con la comunión diaria).
* "Quiero amor, sacrificio". Sufrir en silencio por amor.
* 1906 marca un hito en su historia. Está muy enferma; se siente a las puertas de la muerte. Sufre con paciencia y alegría. Es "feliz abrazada a la cruz de los dolores". ¡Cuán dulce es sufrir sabiendo que todo procede de la mano paternal de Dios!. Actitud filial. Reparación.
* Carta - testamento a las Hermanas de su Congregación. Todo se reduce a la caridad fraterna. En este sentido el amor debe impulsarnos a bendecir los sufrimientos. Las quejas y las faltas contra la "preciosa joya de la caridad, provienen del poco amor de Dios y del amor propio". Amar y respetar al prójimo como "a otro yo". "Amense unas a otras. ¡Oh, sublime caridad!, se tú el norte que guíe a nuestras Hermanas!".
* Alude en tercera persona a su dolorosa experiencia con doña Antonia en los orígenes del hospital "San José". "Cómo le oí bendecir a aquella niña los sufrimientos porque amaba a Dios y quería servir a los pobres!". "Con tal de tener la dicha de servir a Dios, nada debe importarnos":

DE 1906 A 1919:
* El período de 1906 a 1915 está dominado por un intenso deseo del cielo. Anhela morir para poseer a Dios eternamente. "Morir es vivir".
* Sufrimiento y cruz, compañeros inseparables del amor cristiano.
* TODO por Dios y para Dios. NADA que le desagrade.
* La perfección del alma está en la disponibilidad. Vida de FE.
* Buscar a Jesús y mantenerse alegre. "Las esposas sirven por amor".
* Modelo de superioras: María, la Madre de Jesús, que mandaba con "caridad, suavidad y dulzura".
* Propósitos de ejercicios espirituales: MAS, más observancia, más fervor.
* Examen particular diario: "¡Cuan excelente me ha sido este medio!".
* Anhelo de vivir ininterrumpidamente unida a la adorable Eucaristía: Comunión espiritual y actos de amor en cada latido de su corazón.
* En el año 1919 modifica su motivación del deseo de morir. Predomina la virtud cristiana de la esperanza.
* ACEPTA VIVIR. Hace una acto de perfecta conformidad con la voluntad divina, aunque persiste en el doloroso temor de perder a Dios, que es su UNICO BIEN.
* Gratitud y arrepentimiento "libre ya de aquellas cadenas que por ignorancia la tenían atada a miserables criaturas". Purificación: "Rompe, rasga mi corazón; arranca de él todo lo que te desagrada y enciéndelo en tu divino amor, Hostia Divina". "Tuya he sido siempre y tuya seré hasta la muerte".
* Ninguna pena ni tribulación han turbado jamás su primer fervor.

DECADA DE 1920:

Se caracteriza por:
a. Experiencias místicas en torno a la Eucaristía.
b. Arrecian las tentaciones sobre materia de fe en la vida eterna. "Me atribulan sobremanera".
c. Por inspiración divina, ofrenda como VICTIMA reparadora.
* De por sí "prefiere mil años de purgatorio a vivir un solo día". Por obediencia formula un acto heroico de conformidad con la voluntad de Dios: vivir cuanto El quiera y como quiera.
* Le hace sufrir su "poco adelante espiritual". ¿Hasta cuándo el Señor tendrá paciencia con su pobre esclava?.
* Influencia espiritual del Carmelo a través de Santa Teresita del Niño Jesús y Sor Isabel de la Trinidad. Inhabitación trinitaria.
* Enfatiza que desde 1904 hace retiro espiritual de 5 a 8 días como preparación a la fiesta de la Inmaculada el 8 de Diciembre. Esta Madre incomparable la ha amado con ternura.
* Sufre un aneurisma. Acepta "conforme y contenta".
* Ofrece de nuevo su vida, esta vez por su Congregación.
* "Oh, Espíritu Santo, llenad a mis Hermanas de tu amor. Dadles la CARIDAD que tanto necesitan para saber amarse, sufrirse con caridad. Dadnos a todas el verdadero espíritu de religiosas y transformad nuestra humilde Congregación en una CONGREGACIÓN SANTA y MUY HUMILDE.
* ¿Cuánto tiempo de vida le queda en este destierro? Ya no piensa en ello como antes. Dice estar "completamente abandonada en las manos de la Divina Providencia". Se preocupa más bien de estar preparada para ese momento feliz..

DECADA DE 1930:

Toda esta etapa de su vida está signada por un gran temor de la "predestinación". ¿Será digna de amor o de odio?.

Tiembla "cada día más al pensar en el terrible juicio y en la eternidad". Afirma vivir "en la agonía más terrible" por este motivo.

* Ha estado enferma y espera su última hora. ¿Cuándo vendrá el divino Jardinero a cortar su pobre flor?. Recibe la unción de los enfermos el 2 de Abril de 1931 (jueves santo); pero se recupera.
* Por indicación médica va a temperar durante 15 días a las playas de El Palito (Estado Carabobo).
* Anhelos de conversión. Empeño de "ser santa, pero santa de verdad".
* Práctica: Ejercitarse en la presencia de Dios y - según le ha inspirado el Señor- comulgar espiritualmente y hacer actos de fe, amor y adoración, al dar cada hora el reloj.
* La revolución española la llena de congoja. De nuevo se ofrece como víctima por la Iglesia y "por su amada patria"; que "no se derrame la sangre hermana".
* A pesar de todo, su "confianza en la divina Providencia, es grande, inmensa".
* Siempre feliz, sirviendo al Esposo amado, aunque siente sobre sus hombros el peso de sus pecados e imperfecciones.
* Sufre hondamente por el poco progreso de su Congregación, el que ella atribuye a su "poca inteligencia". Anhela el día en que "venga un alma santa que la levante". Necesita "almas de temple".
* ¡Cuánto le cuesta dejar la antigua casa del asilo para pasar la obra de las internas a la casa ofrecida por el general López Contreras!. Sobre todo su queridísima capilla donde el Señor Sacramentado la ha acompañado "durante 25 años y once meses" y donde 33 años ha hecho retiro. Pero "es tu santa voluntad, Dios mío, y yo me someto a tu divino querer".

DECADA DE 1940:

* Este período está matizado por un "mar de tribulaciones". Pruebas muy duras.
* Asuntos relacionados con su cargo y responsabilidades le hacen afirmar que "grandes tribulaciones caen sobre mi pobre alma y la anegan por completo".
* Durante estos años se torna más lacónica en sus apuntes, más reservada.
* Restringe los propósitos y "todo lo deja dentro del Corazón Eucarístico de Jesús", o "dentro de los corazones de Jesús y María".
* Afronta "terribles combates y tempestades" espirituales. Embestidas del Maligno, que en cierta ocasión llegan hasta dejarla fuera de sí durante varios minutos, tan fuerte es la lucha.
* Su Jesús Eucaristía es toda su fortaleza y su consuelo.
* Se ayuda con la meditación y consideración de la Pasión de su ESPOSO Jesús.
* Bendice y alaba a Dios en medio de los sufrimientos. Afirma que ella "no pide sufrimientos, sino que los acepta"; en un momento llega a exclamar: "¡Todavía más, Señor; todavía más!".
* Le reclama dulcemente al Señor por: "amarguras tan amargas". Invoca a la Santísima Virgen.
* Hace constante memoria de los beneficios recibidos de Dios y le da gracias.
* Intensifica su probada FE: "Mientras más me niegas lo que te pido, más Omnipotente te veo". "Adoro, amo y creo más y más en esa su omnipotencia divina".
* Sueño "atroz", "terrible" durante la oración, que la hace pensar es el demonio. Lucha tenazmente.
* La atormenta la frecuente dimisión de las Hermanas. Quiere irse al claustro y vivir escondida, la ilusión de toda su vida.

DE 1950 A 1960:

* Continúan las angustias por la Congregación; pero siempre se abandona a la voluntad divina. Habla de un "mar de amarguras".
* Continúa el ataque del sueño en la oración.
* El 18 de Diciembre de 1950 sufre embolía cerebral. Por este motivo transcurren 9 meses sin poder escribir (no hay apuntes).
* Contexto mariano: "Mi alma rebosa de contento. Quisiera vivir y morir cantando el Magnificat".
* Se siente al "borde del sepulcro y no ha dado el primer paso" en el camino de la santidad. Confía en la divina misericordia.
* Tiene siempre presente la muerte y se prepara para ella. Le causa pena morir. Le angustia terriblemente cómo estará su alma en la presencia de Dios y si se habrán perdido las almas a ella confiadas, por su culpa.
* Se consuela al pensar que no ha cometido falta deliberada en su vida.
* Se recupera de la embolía cerebral; pero continúa el sueño que la atormenta.
* Es reelecta en 1954 como Superiora General. Tiene miedo. Confía.
* Felicidad por año mariano y Pio X en los altares.
* Por primera vez en su vida durante un día y medio experimenta la ausencia de la presencia de Dios, lo que la sume en lo que ella llama "soberana prueba". Le pide al Señor no la vuelva a someter a eso.
* Retornan las angustian de años pasados pensando si será "digna de amor o de odio" ante su Dios infinitamente amado.
* Limitaciones de la edad: ojos y oídos, que ofrece con paciencia. Conformidad.
* Como siempre para ella "la santa confesión es un tormento ¿por qué será?".
* Sumamente reservada con sus experiencias espirituales. Generaliza: "Todo queda ahí en tu divino Corazón". "Allá queda todo en los corazones de Jesús y de María". "Sepultado" en ellos.
De Enero a Abril de 1960, no aparecen apuntes.
* Mayo de 1960: Piensa mucho en que ya se acerca el fin de su vida mortal para entrar a la inmortal. "Es bastante fuerte este pensamiento".
* Junio de 1960, primer sábado, víspera de Pentecostés: "¡Qué hermosa coincidencia! Lo que siento es que nada puedo escribir; casi no veo... pero así lo quiere Papá Dios y así lo quiero yo. Sea bendita su santa voluntad. Gracias, Jesús mío".
* Con esta hermosa frase concluyen sus escritos, y no porque supiera que serían los últimos. Es un eslabón más de su constante abandono a la voluntad santísima del Padre Dios. Un acto de plena conformidad.
* A partir de este momento su vida y su palabra se confunden. Es un AMEN continuo a Dios.
Fallece santamente el 2 de Abril de 1967.

¿Cuál es nuestro carisma congregacional?

Según los entendidos en la materia, Tradición y carisma fundacional forman el carisma del Instituto o congregacional. La TRADICIÓN es el carisma fundacional vivido comunitariamente. Mística, ascesis, comunidad, misión, estilo de vida: Síntesis de realidades vividas. Reconocer en ellas: dosis, temple, valores reforzados.

¿Cuál es nuestro carisma fundacional?

Según lo que puedo entender a la Luz de Dios, nuestro carisma fundacional es: La caridad evangélica en comunidad fraterna desde la consagración religiosa en auténtica vida de pobreza y oración al servicio de los más pobres. Nuestra TRADICIÓN es por consiguiente, esa misma caridad vivida en los aspectos señalados (mística, ascesis, etc), desde una profunda vivencia eucarística, impronta de nuestra Madre fundadora en su trayectoria congregacional de 66 años.

Valores reforzados: Eucaristía - caridad - sacrificio - pobreza - humildad - servicio - adoración - oración - presencia de Dios - fidelidad - alegría.

La espiritualidad propia es la prolongación de la gracia carismática. En sentido estricto, "es una experiencia de vida personal y comunitaria original, definida como actitud y praxis de vida cristiana integral, incluyendo la REFLEXIÓN Y ELABORACIÓN DOCTRINAL.

Cabe preguntarse: ¿Las agustinas recoletas del Corazón de Jesús, poseemos una espiritualidad propia?

Existen más de dos mil institutos religiosos en la Iglesia y no todos la tienen. Cito textualmente dos párrafos a este propósito; (Vida espiritual de los religiosos. Inst. Teológico, Madrid, 1981):

1. "No es necesario que todo carisma se desarrolle en forma de síntesis doctrinal elaborada. Algunos nacieron como respuesta a determinadas urgencias y en esa línea han creado un estilo de vida. De él viven y se alimentan ayudándose de elementos de vida cristiana y espiritual común".

2. "El entroncamiento de algunos institutos en grandes familias religiosas viene a ser una solución (...) No es necesario que cada rama posea una espiritualidad propia".

Mi pregunta es: ¿No sería éste nuestro caso tratándose de "agustinas recoletas"?. Los rasgos PECULIARES de nuestra espiritualidad podrían extraerse: a) Del nombre actual de la Congregación AGUSTINAS RECOLETAS DEL CORAZÓN DE JESÚS (Const. vigentes, Nº 34). b) De las notas expresadas y vividas por nuestros fundadores. c) De las constituciones propias.

¿Cuáles son las notas destacadas por nuestros fundadores?


Del PADRE JUSTO VICENTE LÓPEZ AVELEDO - aparte de la memoria de su vida - conservamos sólo tres documentos fundamentales escritos en los que refleja el espíritu que quiere para su Congregación. Ellos son: Los primeros Estatutos (1903), el himno y una oración por nuestra familia religiosa. Sin pretender entrar en análisis, vale la pena señalar que en el himno, por ejemplo, se observan varias características, cuya síntesis podría formularse así: Inmolación, despojo total de sí mismas, y del "vil interés" en aras de la caridad de Cristo, animadas por su Espíritu en gozosa fraternidad y misión apostólica, al servicio de los pobres, hacia la victoria definitiva a través de la cruz. Concluye el himno:

"Con la dulce impresión del amor
prosternadas al pie del sagrario,
a Jesús pediremos valor
para ir con la cruz al calvario".

De nuestra BEATA MARIA DE SAN JOSE, ya conocemos las vías principales de su ideal de santidad, no sólo a nivel personal, sino corporativo, de familia. Tanto ardía el amor eucarístico en su espíritu que quiso imprimirlo en su Congregación como un distintivo, de tal manera que así lo propuso ante el Vaticano: "Agustinas del Corazón Eucarístico de Jesús", lo cual fue modificado. Nuestros dos fundadores coinciden en las notas peculiares propias de la Congregación.

CONCLUSIÓN: Nuestra espiritualidad congregacional podría consistir en la caridad evangélica cifrada en una profunda vivencia eucarística, con todo lo que ello significa en relación a Dios, al prójimo y a la misión; es decir LA CARIDAD IMPREGNADA DE EUCARISTÍA.


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